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domingo, 21 de septiembre de 2008

Historias de Tania - Capítulo XIV

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[Capítulos anteriores de esta blognovela: I al XIII, en orden decreciente]

© flick/Larry Mastria


(XIV)


Migue y Olguita llegaron por fin a la casa de ésta última. Él acomodó su mochila en la parrilla de la bicicleta que había dejado allí guardada, y ella le plantó a su primo el beso estruendoso de siempre seguido un largo “mua” al despegar los labios de la mejilla. Así hacía desde que era una niña. Esa era la despedida desde que jugaban a los pistoleros escondiéndose en los rincones de la casona de los abuelos comunes, cuando iban de vacaciones.

–Bueno, Migue, tú me llamas. Saluda a Tato de mi parte.

–Sí, mi prima. Tú vas a ver que seguro te llamo para darte buenas noticias. Todavía tienes que decidirte si entras o no en el negocio. Piénsalo con calma y avísame. Chao.

–Chao, mi primo.

Migue agarró el timón de la bicicleta, se impulsó con el pie izquierdo en la calle a la vez que pasaba el derecho en amplio círculo por encima del sillín y vino a sentarse correctamente un par de metros después. Olguita lo miraba alejarse mientras pensaba que nunca había podido montar una bicicleta así. En su casa le decían que eso era cosa de machos, que las niñas se montaban de otra manera. Ella lo llegó a intentar ocultamente pero siempre tenía miedo de caerse.

El recorrido desde la casa de Olguita hasta la de Migue duraba sólo tres minutos pedaleando; vivían muy cerca. La parte más pesada era la loma de la calle Serrano pero Migue prefería subirla una cuadra, desde la calle General Lee, antes que ir por las calles paralelas. Dejar rodar la bicicleta Serrano abajo era bastante peligroso pero el potente chorro de adrenalina que se sucedía le hacía muy bien de vez en cuando.

La mamá de Migue había dejado la puerta de la casa entreabierta y una taza plástica en el muro del portal, señal de que había alguien en casa y de que tenía café de a peso. Zenaida colaba café mezclado con chícharos (nunca se lo pudo comprar “puro” a su proveedor de siempre) y lo vendía ilegalmente todos los días. Eso suavizaba un poco el hambre en la casa, así decía. Tenía muchos clientes fijos que se tomaban su buche de café mientras esperaban las guaguas en la parada de enfrente. Zenaida siempre miraba para todos lados para asegurarse, al menos durante unos segundos, de que nadie la vigilaba. Ya tenía suficiente con los envidiosos de la cuadra que la molestaban con comentarios insidiosos, sobre todo la mujer del de Vigilancia de la cuadra, pues sabía que su marido no sólo celebraba las ricas coladas de Zenaida sino también su escultural cuerpazo. De tal palo, tal astilla: Migue era un monumental varón habanero que dejaba con el cuello virado a la más exigente mujer.

–¡Mima, ya estoy aquí! –gritó Migue amarrando la bicicleta a la reja de la amplia ventana del portal–. ¿Me buscaste la cámara que te dije?

–Sí, mijo, aquí está. Mira la tijera, todo está encima de la mesita –respondió Zenaida mientras caminaba en dirección al portal con una cafetera en la mano.

Migue cogió las cosas, se dirigió a la cocina, cerró la llave de paso del agua que colgaba de la despintada pared del patiecito lateral y se dispuso a desmontar la llave del fregadero. Eso mismo era: la zapatilla estaba hecha un ripio y ni de muestra le servía para cortar otra nueva. Midió algunas distancias mentalmente y cortó con la tijera una nueva zapatilla de la cámara de goma de camión rota que guardaba su mamá para esas ocasiones. Pasó trabajo, pero logró abrir un hueco con la punta de un cuchillo en el medio de la pieza cortada. Tardó un par de minutos en adaptarla al mecanismo de la pila. “Estas pilas son una basura. Siempre mueren por el mismo lugar”. La liga que semiclausuró la pila defectuosa la guardó otra vez en la gaveta del closet. Zenaida ya podía fregar nuevamente sus tacitas desechables de café.

Un rato más tarde se despedía de su madre para ir a ver a Tato, que vivía cuatro casas al doblar de la esquina. Tato estaba en la acera raspando contra el piso una lata de cerveza Bucanero.

–Dime, Tato, ¿y eso? ¡qué ruido, compadre!

–¡Qué bolá, Migue! Na’, aquí, quitándole la tapa a la lata. La vieja no encuentra vasos de cristal en ninguna parte y se niega a tomar en los plásticos que venden los merolicos. Tengo que lijar bien esto porque quien pegue la boca aquí, la pierde. ¿En tu casa no usan las latas para tomar agua? Oye, son buenísimas, y si echas agua fría, se mantiene así un buen rato. Pa’l calor es lo mejor...

–Tato, yo quería saber si tu hermana te trae el encargo hoy o mañana.

–Me dijo que mañana, asere –contestó Tato sin hacer una pausa–.Vendrá por aquí con el niño a ver a la pura y me traerá eso. Así me dijo.

–Está bien. ¿Cuándo paso, por el mediodía?

–No, qué va, pa’llá pa’ las 5 ó 6 de la tarde.

–Ok, Tato, nos vemos entonces.

–¿Ya te vas Migue? ¿No quieres probar cómo sabe el agua en la latica? Mira que me está quedando buena...

–No, no, deja... es que estoy apurado.

–Bueno, chama, cuídate.

–Nos vemos, asere –se despidió Migue y salió disparado en dirección a la casa de Óskar. Esta vez el tramo a pedalear era mucho más largo.
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miércoles, 16 de julio de 2008

Historias de Tania - Capítulo XIII

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[ Hoy vuelvo a la carga con la blognovela que tenía abandonada desde el 19 de Mayo. Los borradores estaban en mi cartera pero siempre me decidía a última hora por otro post. Me gusta escribir las historias de Tania porque tienen mucho de ficción pero también de conocidas y conocidos, de amigas y amigos, y hasta también algo de autobiográfico que mezclo según se me ocurre. Sigo pensando que la gente en el tren debe tenerme por una loca cuando escribo y me río sola. Porque leer y reírse ya lo he visto antes, pero escribir y reírse parece no ser muy común por aquí... O por como frunzo el ceño pensando en alguna idea... Una muy buena blognovela cubana es la que escribe Medea; toquen a la puerta de su casa cuando tengan un chance. Aquí les va el capítulo 13 de la mía que por lo menos a mí me gusta, a partir de hoy con fotos cubanas que encuentre en Flickr. ]

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© flick/max.rocha


(XIII)


Cuando Olguita y Migue salieron de la casa de Tania fueron caminando juntos hasta la casa de Olguita pues Migue había dejado allí su bicicleta. Hubieran ido en ella pero su prima se negó rotundamente a montarse en la oxidada parrilla o en el incómodo caballo. Olguita no quería saber nada de bicicletas en buen tiempo. Ya habían pasado dos años de su accidente y sin embargo la primera pregunta de su amiga era siempre “¿Qué tal tu pie?”. Ya conocía de memoria los pasillos del hospital Ortopédico; cuando no era una venda eran fomentos, otros decían que hasta yeso. Su pie derecho seguía dándole qué hacer.

Durante el corto camino de regreso a casa de Olguita Migue cavilaba cómo entrarle a Óscar, el extranjero, para venderle el negocio de los blúmers usados. Olguita por su parte pensaba en cómo ser parte del mismo sin que su novio se enterara. Mencionárselo al Cro-Magnon de su novio era como decidirse a romper su relación de inmediato. Si seguía con él era porque en la cama se transformaba en el bebé más tierno de la tierra, dejándose hacer y dejando a Olguita hacerse ella lo que le viniera en gana. Y esa mezcla de fósil de Homo sapiens callejero con bebé de cuna santa tenían convencida a Olguita de que, para encontrarlo mejor, tendría que mandarlo a pedir con tres años de antelación a su virgencita de la cómoda del cuarto. Además, cuando hacían el amor sorteando la continua falta de esfera privada, el Croma, como lo llamaba cariñosamente, ponía los ojos en blanco como si estuviera cantando el Ave María de Schubert con voz de María Callas. Y eso le gustaba a Olguita, la excitaba. No le importaba si a esa hora él pensaba en las pelirrojas de la película prohibida que guardaba con celo en el escaparate del cuarto o si realmente disfrutaba de ella y sus movimientos. Para Olguita esos ojos sin ojos eran una oportunidad para tocarse los pezones de vez en cuando, cosa que le daba pena hacer cuando el Croma volvía a la realidad. En la calle él era un macho, sobre todo delante de los amigotes del dominó, pero de puertas hacia adentro, en la cama, para ser más precisos, la dueña de la fiesta era Olguita. ¿Para qué entonces alterar la cotideanidad con una poco creíble historia de blúmers usados? ¿O valía la pena?

Migue sin embargo pensaba en cómo entrarle a Óscar para proponerle el negocio de los blúmers y en, hasta ahora, su principal actriz. Tania era la mejor amiga de su prima Olguita desde que iban juntas a la escuela primaria. Migue era dos años mayor. Cuando las niñas miraban con ojitos revoltosos a los muchachos más grandes en las fiestecitas de fin de semana, Migue sabía que parte de las miradas de Tania iban dirigidas a él pero nunca se interesó por la “flaquita sin importancia”, amiguita de su prima. Inclusó llegó a olvidar aquellas fiestas con música estridente y ponches de frutas cargados en alcohol que lo desinhibían y lo ponían a bailar lo que fuera con tal de pegarse a las muchachitas más codiciadas. Hasta que vio a Tania horas antes llegar a la sala medio dormida aun, acabada de bañar, fresca como una lechuga. El toque especial lo tuvo la decisión de ella de entrar en el negocio como lo hizo, sin preguntar siquiera. Si hasta le daban ganas de abrir el sobre donde guardaba la prenda interior de Tania... Sí, eso haría. O no, mejor no, no podía terminar él mismo el negocio antes de empezarlo. ¿Y si Óscar se daba cuenta de que el sobre había sido violentado? Podía pedirle otro a su amigo Tato pero era preferible evitar sospechas. Debía esperar por su promesa de conseguir los sobres en el trabajo de la hermana de Tato.

Ah, ¿abría el sobre o no lo abría? Delante de Olguita no, por supuesto. Pero ¿quizá en el trayecto hacia casa de Óscar? Maldita pila de agua que tenía que arreglar en su casa... Con tiempo suficiente hubiera abierto el sobre con el cuidado y las mañas del filatelista más experto y lo hubiera vuelto a cerrar sin que nadie lo notara. Ya tendría otra oportunidad de conocer a Tania “indirectamente”. Claro que sí. Por eso el negocio debía asegurarlo primero, no solo para resolver y paliar un poco la vida que se le tornaba cada día más cara y difícil, sino por los contenidos de los sobres cuando éstos fueran de Tania. Sí, pensaría en una excusa mejor para cerrar él mismo el próximo sobre. Porque eso sí: el negocio iba a tener éxito . Él no era “cualquier” Migue.
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lunes, 19 de mayo de 2008

Historias de Tania - Capítulo XII

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(XII)


La Rosa no tuvo que insistir mucho para convencer a Tania y ésta no lo pensó dos veces para vestirse y acompañar a su nueva amiga a tirar los huevos. Ese pequeño acto de rebeldía planificada la entusiasmó lo suficiente como para no dejar pasar la oportunidad de vengarse de Mano Larga.

–Ahora déjame a mí enseñarte cómo pido botellas; vamos para el semáforo de la esquina y verás –le dijo orgullosa Tania a La Rosa mientras se acomodaba su carterita de siempre en el hombro derecho.

–Nada de eso. Nos vamos en el carro de mi amigo; nos espera afuera –dijo La Rosa cogiendo a Tania por el antebrazo.

–¿Y cómo se enteró de que estabas aquí? ¿También eres telépata? –rió Tania.

–Es que te dije una pequeña mentira... ya yo venía con él. Le hice el cuento tuyo y me dijo que nos llevaba hasta la casa de Mano Larga. Nos esperará afuera. Después nos alejará de allí lo más pronto posible, huevos tirados previamente, por supuesto.

–¡Ay, qué pena! ¿Le contaste lo que me pasó? Qué pena...

–Sí, y fue él mismo el de la idea de los huevos. Es una bella persona. Lo conocí en lo del modelaje.

–¿Es modelo?

–Sí, y muy bien parecido, deja que lo veas.

–Está bien. Ve tú delante que mi tía está al llegar y quiero dejarle una nota aquí en la mesita.

En ese preciso momento daba vueltas la llave de Mari en la oxidada cerradura de la puerta.

–Tía, ¡pero qué a tiempo has llegado! Esta es La Rosa, una amiga mía. Voy a salir con ella un rato. ¿Conseguiste el azúcar?

–Qué tal, ¿La Rosa? –saludó la tía Mari.

–Sí, así me dicen. Es un gusto, tía Mari. Tania me ha hablado muy bien de usted y quisiera visitarla en otra oportunidad para conocerla mejor. Es que ya nos íbamos...

–Puedes venir cuando quieras. Si eres amiga de mi sobrina, ésta es tu casa –dijo la tía Mari con una de esas miradas maternales que solía dedicarle a menudo a su sobrina–. Y si quieres, mañana mismo, porque conseguí el azúcar prieta, ay, Tania, ¡las vueltas que he dado! Pero ese dulce de fruta bomba lo merece.

–Claro, La Rosa, ven mañana. Yo estaré aquí; por suerte es domingo. No tienes que avisar, ven cuando quieras.

–Muy bien, estaré aquí después del mediodía. Los domingos aprovecho desde temprano y leo un poco. Es mi hobby preferido y me gusta hacerlo en la cama cuando aun la calle está tranquila. Después no hay quien lea ni en una biblioteca blindada.

–Está bien, te esperaremos. Pero vámonos ya, que para luego es tarde. Tía, estaré un rato afuera pero no tengo pensado demorarme mucho. Todavía tengo un poco de sueño y no creas que se me ha olvidado que los sábados son los días de la limpieza. ¡Como se te ocurra limpiar la casa por mí, me pondré muy brava! –abrazó Tania a su tía a la vez que se despedía de ésta.

–Hasta luego, tía Mari, digo, hasta mañana –se despidió La Rosa.

–Cuídense, niñas. Adiós, mi sobrina.

Desde la acera Tania pudo comprobar que La Rosa no mentía: justo frente a la rejita del jardín estaba parqueado un Polski Fiat con un chofer que era un monumento de lindo macizo, al menos del pecho para arriba. Se le parecía a...

–Tania, sube tú primero al Polaquito –dijo La Rosa abriendo la puerta y empujando hacia adelante el espaldar de forro azul del copiloto.

Tania logró entrar al pequeño auto con algo de dificultad. Se acomodó en el asiento trasero como pudo. La Rosa devolvió el espaldar a su lugar y cerró la puerta con cuidado.

–Johnny, ésta es Tania. Tania, ¿no te dije que era muy bien parecido?

Tania se sonrojó.

–Hola, Johnny. ¿Te conozco de algún lugar?

–Claro, Tania –se adelantó La Rosa–. Es la copia cubana de Johnny Depp. ¡Igualito!

–Mi nombre verdadero es Mateo pero con estas chicas que me acompañan últimamente no tengo arreglo –se quejó Monumento–. Hola, Tania, un gusto conocerte. Ya La Rosa me contó por lo que pasaste. No tengas pena conmigo: a una amiga mía le pasó peor. Pobrecita... aun recuerdo su cara cuando me hacía el cuento... cómo lloraba...

–Tania, Johnny me hizo el cuento de su amiga anoche mientras nos cambiábamos las ropas del desfile de modas. «Qué casualidad, a una muchacha que acabo de conocer le ocurrió algo parecido». Y a Johnny se le ocurrió la idea de los huevos cuando terminé de hacerle el cuento.

–Bueno, chicas, nos vamos. Pónganse cómodas que yo tendré cuidado con los baches de la calle para que no los sientan tanto ustedes dos; ya yo estoy acostumbrado a viajar en esta lavadora en miniatura.

Monumento arrancó el carro y salió a Santa Catalina rumbo a la Ciudad Deportiva. De ahí siguió por Boyeros, por Paseo y luego dobló en la esquina de la calle 23, a la derecha. Por el camino sorteaba los baches pero realmente en vano, pues Tania ni los sintió, ensimismada y derretida como estaba robándole miradas al espejo retrovisor. ¡Qué hermoso Monumento el Johnny! La Rosa habló a ratos; un par de veces comentó los planes del jefe del grupo de modelaje para la próxima semana.
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sábado, 3 de mayo de 2008

Historias de Tania - Capítulo XI

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(XI)

–Oigo.

–Buenos días, yo quisiera hablar con Tania, por favor.

–Soy yo, ¿quién es, La Rosa?

–¡Tania! Yo misma, no te conocí la voz.

–¿Cómo estás, La Rosa?

–Bien. No pudiera estar mejor para como anda el país... ¿y tú?

–Bueno... este... ahí... normal.

–Ah, eso suena raro. Dime una cosa, Tania, ¿vas a estar en tu casa un rato?

–Sí, no tengo planes para hoy.

–Es que estoy cerca, aquí en la Ward. Vine a comprar helados pero no hay, así que me di el viaje por gusto. Recordé que me comentaste que vivías cerca.

–Sí, ¡cómo no! La Rosa, de la Ward a mi casa son menos de quince minutos caminando.

–Bah, qué dices, Tania, yo me paro en el semáforo de la esquina y pido botella. Que no se diga, cualquiera que pare ahí sigue por Santa Catalina. Pero dime el lugar exacto, por favor.

Tania le indicó a La Rosa cómo llegar. No pasaron ni cinco minutos. El timbre de la puerta sonó dos veces cortas.

–La Rosa, ¿pero viniste volando o qué? –preguntó Tania visiblemente sorprendida.

–Pues “o qué”, porque volando no vine –rió La Rosa y saludó a su amiga–. Te lo dije, nada más colgar el teléfono y cruzar la calle, pedí botella al que estaba en la esquina y me dijo que sí. No caminé ni diez metros hasta tu puerta. Me dejó aquí mismo.

–Eso sí que es tener buena suerte...

–No solo eso, Tania, hay que saber pedir botella. No a todo el mundo tienes por qué preguntarle.

–Pero bueno, pasa, que no vamos a quedarnos aquí afuera, ¿no? –dijo Tania entrando a la casa. La Rosa la siguió–. ¿Quieres que te confiese algo? Me sonó tan raro que dijeras “por favor” cuando hablamos por teléfono...

–No eres la primera que se asombra. Nuestro país ha perdido la buena educación. Palabras como “por favor” o “gracias” son cada vez más difíciles de pronunciar. La gente las va usando cada vez con menos frecuencia. Cuando más, modulan la voz como si eso fuera suficiente, pero “gracias” dicen muy pocos. Y “por favor” ya ni se oye. Pero no lo digo por ti, no te apenes. También eres víctima de la socialización de las normas de educación, igual que lo fui yo hasta que estuve en Panamá dos semanas.

–¿Y tú fuiste a Panamá? –se asombró Tania.

–Sí, por el trabajo, hace unos cuatro años.

–¿Y no te quedaste?

–Eso preguntan todos... No, no me gustó el lugar donde estuve. Yo sabía que podía aspirar a algo mejor y no quise quedarme por quedarme.

–La Rosa, algunos de mis amigos quisieran estar en tu lugar. Con un pie afuera ya cambia todo. Lo difícil es poner ese pie afuera.

–Sí, lo sé. Quizá ahora lo pensara mejor... no creas que no me arrepiento a veces... y es que esto aquí ha empeorado tanto que cada vez veo más difícil que mejore... Ni qué decirte de mi profesión: aquí no tiene futuro. Leyendo revistas atrasadas o asistiendo a eventos locales de poca monta no se camina mucho en Física. Y el desarrollo exige desarrollo, también profesional. Aquí, ni lo uno ni lo otro –suspiró La Rosa.

–Y cuando Panamá, ¿por qué no aprovechaste y te fuiste a otro lugar?

–Lo pensé, pero estaba segura de que no sería la última vez. En aquella oportunidad, además, estaba recién graduada y nos metieron miedo con retirarnos el título universitario si no cumplíamos nuestro servicio social. Y eso yo lo quería tener seguro de mi parte. Sin título en un país extraño tenía que empezar de cero, sin nadie que me ayudara, y de puta me negué siempre, y me niego, a salir adelante.

–Y ya han pasado cuatro años, La Rosa...

–Sí, cuatro ya... Pero bueno, vine a proponerte algo que seguro no dejarás pasar por alto.

Esta era la segunda propuesta que le hacían a Tania en menos de 3 horas. Sentía curiosidad por la que le haría La Rosa.

–Tú dirás...

–Te traje dos huevos pero no son para comer.

–¿Ah, no? ¿Y para qué entonces? –sonrió intrigada Tania.

–Vamos a pasar tú y yo por casa de Mano Larga, como le pusiste tú al descarado ese, y se los vamos a tirar por el medio de su puerta. Confía en mi brazo al menos, yo jugué de pitcher en un equipito de pelota una vez.

–¿Tú estás loca? ¿Y si nos ve? Además, La Rosa, a veces no tenemos ni un huevo para comer... ¡¿cómo voy a tirarlo así como así?! ¡Mi tía me mata!

–Por eso los traje yo, como regalo. Por cierto, bautizados con una jeringuilla con orine, así que aunque quieras no podrás comértelo. Te aseguro que no huelen nada bien...

–¡Pero La Rosa!

–No se merece menos el tipo ese. Estoy segura de que te sentirás mejor después que le ensucies la puerta de su casa.

–Se te olvida que la mujer nos dejó hablar por teléfono... No podría dormir tranquila después.

–No, no se me olvida, Tania, por eso los huevos irán acompañados de un papel con un par de insultos y algo de chantaje. Te aseguro que a Mano Larga no le va a gustar que su mujer lo lea. Y lo vamos a vigilar, para tirarlos cuando la mujer haya salido. Él tendrá que limpiar antes de que ella regrese.

–¿Y tú crees que lo haga?

–Déjame a mí el texto, Tania, yo me encargo. Estoy segura de que hasta pinta después la pared, si lo dejan...

–De todas formas, La Rosa, a mí la tiradera de huevos me trae malos recuerdos... A la casa de mi tía le tiraron cuando el Mariel. Ni porque ella se quedó respetaron a la familia. Yo era una niña pero no se me olvida, tampoco el terror de entrar a esta casa después, a la que veníamos de visita con frecuencia. Mi tía preferida... mis padres me dijeron horrores de ella y de su familia. Me arrancaron los juegos, los buenos ratos con esa noble mujer, manipularon el pasado y me alejaron de aquí. Pasé años sin hablar con mi tía Mari. Crecí lejos de ella y de buena gana le hubiera pedido consejos cuando tuve mi primera menstruación, o cuando me enamoré del flacucho de mi grupo y me dio hasta fiebre, o cuando suspendí la primera prueba de mi vida. Ella me entendía muy bien, yo lo noté desde que era una bebita. Me separaron de ella así como así... por los dichosos huevos...

–No fue por los huevos, Tania, no fue por ellos. Rompe con ese pasado y tíraselos tú ahora al descarado ese. Traje dos, uno para ti y el otro para mí. Mano Larga no me hizo nada pero yo te apoyo completamente. También me hará bien.

Tania pensó durante dos minutos. Tenía la vista perdida entre las rejas de la ventana por las que otrora corrieran yemas y claras con pedacitos de cáscara.

–Está bien, La Rosa, déjame vestirme.
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sábado, 5 de abril de 2008

Historias de Tania - Capítulo X

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(X)

–Entonces, mi plan es éste –dijo el Migue, ahora de pie ante Tania y Olguita–. Si Óscar me dice que no y me bota de su casa, no será la primera vez que se me caiga un negocio. Pero si bacila, lo convenzo, de eso no les quepa la menor duda. Un dólar para mi socio Tato, que me resolvería los sobres en la oficina del Ministerio donde trabaja su hermana. Dos cañas para mí, por venir a buscar el sobre lleno, poner la cara y recoger el vacío. Y siete para la actriz principal. Con eso se comprará otro blúmer o tanga o lo que le dé la gana, y le quedará algo que será ganancia pura. –Migue se frotó las manos y continuó hablando.– Olguita, mi prima linda, no te dije nada en tu casa por el pesa’o de tu novio. Si quieres te metes pero eso lo dejo a tu consideración. Tania, lo mismo te digo, si quieres me sigues la rima pero si no, no hay lío. Sin embargo, les adelanto que todo lo haré con la más absoluta discreción. De esta boca no saldrá el nombre de ustedes ni aunque me pongan en fila al equipo hawaiiano de nado sincronizado bailando el hula-hula en bikini. ¿Qué me dicen?

–Migue, diez dólares es mucho dinero, yo gano al mes mucho menos que eso... ¿tú estás seguro de que el Óscar ese va a morder el anzuelo? –preguntó Olguita.

–Mira, mi prima, por ahí empiezo. Si trata de negociar, entonces voy bajando a nueve, a ocho, no sé, hasta que nos convenga a todos.

–¿Y tu amigo Tato es de confianza? –siguió interrogando Olguita.

–A decir verdad, no. O mejor dicho, es mi socio pero los nombres de ustedes no quiero que anden después por toda la Habana de boca en boca. Y la de Tato siempre está abierta. Es buen tipo pero habla más de la cuenta. Le inventaré algún pretexto para lo de los sobres, veré qué se me ocurre.

–No me imagino la cara que pondrá el tal Óscar...

–Bueno, mi prima, tú no viste la que puso ese europeo, porque pinta tiene, cuando cogió una tanga en las manos y se la llevó a la nariz. Yo pensé que se había olvidado de nosotros. Por poco se le queda el color de la tanga pegado en la nariz, porque respiró tan profundamente que le duró aquello como un minuto. Trance paradisíaco total, con los ojos cerrados y todo. En ese minuto justamente pensé yo en mi negocio. Ya me había fijado antes: al tipo le sobran los pesos por como se viste y por como tiene decorada la casa. En un barcito de maderas oscuras tenía botellas de marcas que yo nunca había oído ni mencionar. El carro que tiene es un Mercedes negro que le da envidia al embajador más capitalista. Yo no he visto ninguno así por la Habana.

Migue cogió aire y continuó hablando:

–No obstante es un tipo tranquilo. Dice mi socio Tato que no lo ha visto con mujeres y del otro bando no me parece que sea por como se restregó por la cara aquella tanga color salmón. Por eso le inventé un cuento a mi socio Tato y le pedí un sobre. Me dio éste hoy por la mañana. –dijo Migue sacando un sobre veige de su mochila.

–Tania, no has dicho nada, ¿en qué piensas? –le preguntó Olguita a su amiga.

Tania se levantó y se dirigió al baño. Olguita y su primo no pronunciaron palabra alguna cuando vieron que se alejaba. Tania regresó con una tela estrujada entre las manos.

–Migue, si dices mi nombre no te hablo más nunca. Dame acá el sobre ese.

Migue estiró la mano. Olguita siguió muda.

–Aquí tienes uno mío. Si el Óscar ese no lo quiere, ni te molestes en traérmelo de regreso. –dijo Tania y se sentó, esta vez en el sillón de madera viejo en el que veía su tía Mari la televisión.

–¡Decisión femenina! ¡Así me gusta! –exclamó Migue–. Tania, yo te aviso hoy mismo por la noche. En la casa tengo que arreglar una pila de agua que se sale y después tengo que caerle a mi socio Tato por su casa, pero más tarde me le aparezco al Óscar para venderle el negocio. Ya te contaré; confía en mí.

–No tienes por qué apurarte, Migue. Olguita sabe mi teléfono, tú me puedes llamar cuando quieras. Si yo no estuviera, déjale el recado a mi tía y yo te llamo cuando regrese. Pero sólo eso, no le digas más nada a ella.

Tania había ido al baño a buscar el blúmer que tenía puesto antes de bañarse. No quería verlo más y por eso no lo había lavado en el lavamanos, como solía hacer todos los días. Pensaba botar el blúmer, no quería acordarse de la noche en casa de Violento cada vez que viera la prenda de vestir. Por eso lo cogió, lo estrujó como pudo con las dos manos, como el que rompe un origami japonés con el mayor de los rencores y se lo llevó al Migue a la sala. Ella misma fue quien introdujo la prenda de vestir en el sobre veige. Listo: era el primer paso para intentar deshacerse de las detestables escenas de la noche anterior.

Los tres muchachos conversaron un rato más en la sala hasta que Migue se levantó y dijo:

–Tania, mi prima, me tengo que ir que se me hace tarde. Tania, te llamo seguro.

–Yo me voy contigo, mi primo, que hoy me toca limpiar la casa a mí. Tania, mejor te llamo mañana.

Se despidieron los tres. Olguita y Migue salieron de la casa. Dos minutos más tarde sonaba el teléfono: era La Rosa.
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martes, 25 de marzo de 2008

Historias de Tania - Capítulo IX

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(IX)


Cuando Tania vio su cara reflejada en el espejo del baño, arqueó las cejas y recordó la fatídica noche anterior en casa de Violento. Se sentía cobarde al no haber forcejeado con Violento para escapar de la posición en que la tenía acorralada. Tenía miedo a la reacción de él y a las malditas dagas doradas que estaban debajo del colchón. Ella había disfrutado tanto cuando hacían el amor minutos antes... Pero, ¿había que terminar así tan adorable comienzo? Tania se sentía sucia, humillada. Lo peor fue la despedida: Violento casi la botó de su casa. No la miró a los ojos cuando ella salió. Tampoco hizo el menor intento por disculparse. Ella entró a esa casa por sus propios pies, sin coacción alguna mediante. Su extrema ingenuidad y el deseo carnal la habían guiado a una violación despiadada, porque de otra forma no podía definir el desagradable incidente. ¿Qué diferencias había entre ser violada por sorpresa y lo que le había sucedido la noche anterior? Las secuelas en su psiquis eran las mismas, o peores, porque ella misma se entregó en bandeja de plata a un violador que hasta ese momento no había ni imaginado que lo fuera. ¿Era un violador?

–Tania, ¿te falta mucho? –interrumpió Olguita tocando en la puerta del baño.

–No, ya voy –respondió Tania con voz cansada.

La ropa que le había preparado su tía Mari estaba en el baño aun, así que se quitó la que tenía puesta, dejó los zapatos a un lado, se acomodó el cabello con una hebilla gris que guardaba en el botiquín de madera, y se metió bajo la ducha, apretando bien los dientes. Esa descarga fría la necesitaba. Diez minutos después Tania y Olguita llegaban a la sala.

–¿Qué tal, Migue, cómo te va?

–Bien, Tania. Precisamente le comentaba a tu tía lo bien que la pasé el jueves en la discoteca del Comodoro. A una amiguita le dieron unas entradas en su trabajo, en pesos cubanos, por supuesto, y fui con ella. Cómo bailé.

–Bueno, muchachos, están en su casa –interrumpió la tía de Tania–. Tengo que ir a la bodega a ver si cojo el azúcar prieta. Está perdida y desde hace unos días quiero hacer un dulce de fruta bomba. Se me van a echar a perder las dos que compré en el agro, con lo caras que me costaron... Iré a preguntar una vez más a la bodeguera.

–¡Entonces nos quedamos hasta que termine de hacer el dulce! –dijo Migue sonriendo.

–Mari, no le haga caso, que, si lo dejan, mi primo se come todo el dulce en un par de segundos y ni usted va a poder probarlo.

La tía Mari de despidió y salió de la casa dejando solos a los tres muchachos.

–Migue, Olguita no quiso decirme nada. ¿Cuál es el negocio que tienes en mente?

–Pues mira, Tania, conocí a un tipo que está forrado en billetes de los verdecitos. Los gasta a una velocidad espantosa y lo mejor es que no alardea de lo que tiene, al contrario. Así que debe tener bastante.

–¿Y qué tú piensas, que nos va a regalar a nosotras alguna cantidad? –preguntó Olguita.

–Nada de regalar –Migue se puso de pie–. Yo quiero proponerle un negocio a él pero para eso quería hablar con ustedes primero. Resulta que el tipo, Óscar, con acento en la “o”, tiene una colección de ropa interior femenina en su cuarto. Bueno, en un armario de su cuarto.

–¿Y cómo tú lo sabes, Migue? –preguntó Tania con picardía.

–La historia puede ser larga pero resumiendo les cuento que Tato, mi socio, lo conocía de antes. De casualidad nos tropezamos con él cuando fuimos al hotel Riviera el otro día. Ellos se saludaron y Tato me presentó a Óscar. Él fue quien nos invitó a su apartamento, en un penthouse que alquila cerca de allí. Entre otras cosas nos habló de lo que le gustan las prendas íntimas de vestir. Le debe faltar un tornillo, porque las tiene separadas hasta por colores. Ahí se me alumbró el bombillo.

–¿Para que te dé algunas y venderlas nosotras? –preguntó Olguita.

–No, déjame terminar –dijo el Migue llevándose las manos a la cintura–. El negocio es el siguiente: yo le propongo venderle tangas, hilos dentales, blúmers siete pisos o lo que él quiera, pero usados. Sí, no me miren así. Usados quiere decir nuevos pero después que se los quiten ustedes al final del día.

Tania y Olguita se miraron y acto seguido reprendieron contra el Migue:

–Migue, parece mentira, ¿quiénes te crees que somos?

–Migue, nunca lo hubiera pensado de un primo mío, mi preferido...

–Fíjate, yo no soy una cualquiera.

–Oye, respétanos un poco, ¿qué te has creído?

–Calma, calma, yo sería incapaz de proponerles algo indecente. Olguita, parece mentira te digo yo, ¿cómo vas a desconfiar de mí? Tania, tú eres la mejor amiga de mi prima del alma. ¡Déjenme terminar!

Migue respiró profundo y soltó, sin pausa, lo que estaba maquinando desde hacía dos días.

–Oiga, Óscar, le propongo un negocio. Le vendo en diez dólares blúmers de esos que usted tiene pero usados por las hembras más bellas de este país, con sus olores, con sus sudores, a solo diez cañas. Si le gustan, le traigo más cuando usted quiera pero con una condición: las muchachas tienen que permanecer en el anonimato. Se huele... pero no se toca. No se va a arrepentir. Va a incrementar su colección en variedad y calidad, porque mejores que esos no los va a encontrar en ningún otro lugar. Se los traigo en sobres sellados. Usted los huele, y si es así que tanto le atraen las ropas íntimas femeninas, como nos hizo saber cuando estuve aquí con mi amigo Tato, pues me paga algo para que esas hermosas criollas se compren otras, se las pongan, y se las hagan llegar a sus manos a través de las mías, si usted quiere seguirlas recibiendo.

Tania y Olguita se miraron otra vez, pero ahora se acomodaron en el sofá de la sala, sin ponerse de acuerdo. Querían seguir oyendo al Migue.
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miércoles, 12 de marzo de 2008

Historias de Tania - Capítulo VIII

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(VIII)


–Tania, mija, qué cara tienes... parece que llevas una semana sin dormir... –saludó Mari a su sobrina.

–Ay, tía, estoy cansadísima. Pero antes de dormir algo me voy a dar un bañito.

–Te pongo a calentar el agua enseguida. Yo te aviso.

El viaje de regreso de Tania a casa de su tía no había durado ni una hora. En la guagua que cogió en el Vedado no llegaron a montarse más de cinco personas en total, ella incluida. Y es que era sábado muy temprano. De haberse tratado de un día entre semana la parada hubiera estado abarrotada de personas, desesperadas por llegar a sus trabajos de alguna forma. Muchos apoyaban un pie en la calle con el objetivo de cazar la guagua desde lejos y echarse a correr en estampida si el chofer paraba mucho antes del sitio señalado; así solían hacer algunos para evitar el tumulto frenético por entrar al ómnibus hasta por las ventanas si lo dejaban. Algunos se acercaban más a la esquina de la calle Línea para pedir botella en el semáforo de la intersección con la calle G, como mismo practicaba Tania desde hacía tres semanas. Otros mantenían su posición en la cola de espera con la esperanza de que les tocara el turno de subir a la guagua, organizadamente, algo casi imposible ante la avalancha humana que desafiaba al transporte urbano a esas horas de la mañana. Pero el sábado no. El sábado ni siquiera deambulaban por las calles los asiduos perros callejeros que trataban de convencer a algún alma benévola para que les tirara algo de comer. Pareciera que adivinaran que ese día todos dormían un poco más.

Mari puso a calentar agua en un jarro y, mientras, buscó la toalla de Tania y una bata de casa en el closet del baño. Cuando el agua hirvió la echó en el cubo del baño para tibiar la que había allí almacenada. Desde que Tania tenía uso de razón se bañaba con cubo. Excepto en verano, cuando dejar caer el agua de la ducha fría por su espalda era el perfecto masaje para su cuerpo.

La tía de Tania entró al cuarto de la muchacha para avisarle. Le dio tanta pena verla ya dormida, con la ropa puesta y hasta con los zapatos, que dio un giro de ciento ochenta grados y regresó al baño. Apagó la luz que había dejado encendida y se fue a su cuarto a dormir también. No había podido conciliar completamente el sueño esperando a su sobrina y pensando en las horas que eran y en que quizá esa muchachita había hecho de todo menos comer algo.

Aproximadamente a las dos de la tarde Tania sintió como alguien la zarandeaba por el hombro y la llamaba por su nombre. Reconoció al fin la voz de su amiga Olguita. Abrió los ojos poco a poco, bostezó, se estiró un poco y comenzó a frotarse lentamente un párpado con la palma de la mano derecha.

–Muchacha, ¿qué horas crees que son? –le dijo Olguita burlona–. Mijita, si no vengo a verte no sé más de ti. Desde que me devolviste la bicicleta no te había visto más, ¡te perdiste de mi casa! Llegué a pensar que te habías ido en una lancha... Mira eso, ¡te dormiste con los zapatos puestos! ¿Pero dónde trasnochaste tú? ¡Avísame para la próxima, fíjate!

–¿Qué hora es? –preguntó Tania incorporándose en la cama.

–¡Las dos de la tarde!

–Sí, cómo he dormido... –volvió a bostezar Tania–. Hoy quería ir a verte, Olguita.

–Sí, sí, te voy a creer. ¡Me tienes abandonada!

–Es que... después te cuento. Pero si me viniste a ver tú es muy bueno también. ¿Qué tal tu pie?

–Ya está mucho mejor pero es de yeso y todo. Me pusieron uno pero no lo resistí y me lo quité yo misma. Qué va, mucho calor. No hay quien aguante este invierno tropical nuestro. Anunciaron algo de frío y ya tú ves, se puede ir a la playa. Pero bueno, después hablamos más. Es que Migue está allá afuera esperando.

–¿Tu primo? –preguntó Tania asombrada.

–Sí, nos tiene un negocito que nos puede reportar algunas ganancias generosísimas.

–¿Un negocito? Traduce, Olguita, ¿de qué se trata?

–Sólo me dijo así, “ganancias generosísimas”. Nada más. Pero tú sabes que el Migue se le cuela a todo. Mi bicicleta, por ejemplo, la vendió en cincuenta dólares. Yo le di veinte a él y con el resto quería invitarte a algún lugar a comer algo. Un día es un día, ¿no? Tú me cuidaste mucho la bici. Yo no hubiera tenido esa paciencia. Y hoy por la mañana Migue me dijo que nos podía ir muy bien con el negocio que quiere proponernos, por eso vinimos ahora.

–¿Tú tienes más bicicletas?

–¡No, niña, qué dices, es algo diferente! Pero arréglate un poco esos pelos, anda, que él no tiene mucho tiempo. Nos espera en la sala.

Tania se levantó y se dirigió hacia el baño. Y Olguita se acomodó en la cama con la espalda hacia la pared para esperar a su amiga.
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martes, 4 de marzo de 2008

Historias de Tania - Capítulo VII

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(VII)


[No apto para menores de edad]

Ojos bellos se quitó los zapatos descalzando cada uno con el pie contrario y se acomodó mejor en la cama, más pegado a Tania esta vez. Flexionó la pierna derecha y apoyó el brazo en la rodilla, dejando el antebrazo suspendido en el aire. Con el brazo izquierdo apoyado en la cama descansaba el torso. Tania juntó sus rodillas , pegó los gemelos a sus muslos e igualmente apoyó una mano en la cama, buscando equilibrio. En esa posición solía jugar yaquis cuando niña. En su aula no había quien le ganara. Hasta con la zurda tiraba la pelota al aire y la volvía a agarrar con la destreza de una campeona. Con el tiempo se le habían perdido varios yaquis y la pelota roja había sido toda mordisqueada por su perra Motica.

–¿Cómo te llamas? –preguntó Ojos Bellos rompiendo el silencio.

“¡Al fin! ¡Yo pensé que iba a seguir de incógnita!”, pensó Tania.

–Tania.

–Tania, ¿cuándo me vas a dar un beso? –susurró Ojos Bellos sin apartar la vista de los labios carnosos de Tania.

–¿Uno solo? –le siguió la rima ella, en un murmullo.

Tania volvió a recordar los plátanos maduros fritos: uno en el tenedor, a punto de tocarlo con la lengua, haciéndole segregar pequeñas gotas de saliva. Ojos Bellos se mordió el labio inferior por un lado, escrutando al mismo tiempo la mirada de Tania. Ella se acercó a Ojos Bellos e iba a decirle algo pegada a su oído pero prefirió callarse: su respiración la delataba. Ojos Bellos cogió una mano de Tania y la besó delicadamente, como en las películas los caballeros medievales besan a sus preciadas damas. Tania miró de reojo la armadura. Después siguió Ojos Bellos por la muñeca, por el antebrazo y más arriba hasta llegar al hombro y el cuello, todos los besos cargados de una sensualidad perfecta. Tania estaba a punto de explotar. Su excitación interior no se correspondía con su aplomo externo. Ojos Bellos lo había notado ya. Tania no era una experta pero tampoco era una neófita en temas amorosos. Los labios de Ojos Bellos llegaron a los suyos y los besaron en una esquina, lentamente. Tania ardía.

Era de esperar: ella no podía aguantarse más. Empujó a Ojos Bellos por los hombros hasta que la espalda del muchacho tocó la cama. Se le sentó encima, a horcajadas, y empezó a desabotonarle la camisa. Ojos Bellos quiso ayudarla pero Tania no lo dejó. Le aguantó los brazos y los subió por encima de su cabeza, recostándolos hacia atrás en la cama. De haber tenido unas esposas de policía lo hubiera amarrado de alguna manera a la armadura, pues quedaba en esa dirección. Ojos Bellos obedeció y se dejó hacer. “Qué axilas tan sensuales”, pensó Tania.

Tania se desabotonó los cuatro botones delanteros de su vestido naranja claro y dejó el torso al descubierto. Se zafó el ajustador y lo tiró a un lado. Con un par de movimientos logró sacar una pierna del blúmer. Abrió la portañuela del pantalón de Ojos Bellos y buscó ella misma el miembro erecto que la esperaba impaciente para guiarlo hacia sus entrañas y cabalgar, con ritmo apresurado, cual amazona desenfrenada sobre él. Tania sujetaba los brazos de Ojos Bellos, apoyándose en ellos al ritmo del galope y dejando claro que era ella quien le hacía el amor a él, quien lo poseía, quien se excitaba de tenerlo así, reducido a su dominio. Ojos Bellos no se excitaba menos con aquella hembra encima soltando gemidos continuamente, con los ojos cerrados, en éxtasis total. Hasta que ella chilló y se desplomó hacia atrás como títere que pierde su conexión con el mundo cuando le cortan los hilos.

Ojos Bellos reaccionó al instante. Se separó de Tania, la viró boca abajo y se quitó el pantalón que ya estaba abierto. Tania todavía seguía recuperándose del orgasmo mágico que nunca antes había ni siquiera imaginado. Los minutos que se sucedieron fueron crueles para Tania: Ojos Bellos le separó las piernas con sus rodillas, se apoyó con una mano en la espalda de Tania, sujetándola bien, y con la otra guió su miembro hasta el ano de ella, penetrándolo violentamente e impidiendo con toda la fuerza de su cuerpo los movimientos evasivos de la sorprendida muchacha, quien buscaba con sus brazos cómo cambiar la posición de su sudado cuerpo, asiéndose del de Ojos Bellos, que la lastimaba.

–¡No me toques! –le ordenó Ojos Bellos a Tania como mismo había coaccionado a los perros al entrar a la casa.

Tania no podía moverse. Trató nuevamente de acomodar su posición aguantando a Ojos Bellos por los muslos.

–¡Que no me toques te digo! –gritó Ojos Bellos, amenazante.

Tania pensó en las dagas de oro que estaban bajo el colchón y en lo errado que podría ser llevarle la contraria a Violento. Él continuó su meneo salvaje hasta eyacular. Después se separó bruscamente de Tania y se fue para el baño. Tania no sabía qué pensar ni qué hacer. Tras unos prolongados segundos decidió limpiarse con parte de la sábana y comenzó a vestirse.

–A dos cuadras empieza la ruta 174 –dijo Violento saliendo del baño, secándose sus partes con una toalla y mirando el reloj de la mesita de noche–. Son las cuatro y media. Si te apuras te podrás ir en la guagua de las cinco. Hoy es sábado así que la parada estará vacía, probablemente sólo para ti.

Tania no dijo nada. Terminó de vestirse. Violento abrió la puerta y se paró al lado de los dobermans que dormían en el pasillo. Tania salió de la casa y se alejó en dirección a la parada, sin mirar atrás, rebobinando las últimas escenas que había vivido.

La guagua llegó rápido y Tania fue la única en subir. Durante el viaje no dejó de mirar por la ventanilla a su derecha.
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lunes, 25 de febrero de 2008

Historias de Tania - Capítulo VI

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(VI)


–Hola, linda, pensé que ya no venías –saludó Ojos Bellos a Tania acompañando el saludo con un beso en la mejilla de ella.

–El transporte... imagínate... –se excusó Tania–. Bueno, La Rosa, tú me llamas –dijo Tania dirigiéndose a su nueva amiga, que se había quedado a unos dos metros de distancia.

–OK, yo te llamo. Chao –se despidió La Rosa y continuó su camino.

–Es que calculé mal. Por la noche es más difícil coger botella... –retomó Tania su excusa ante Ojos Bellos.

–Sólo llegaste treinta y cinco minutos después de la hora acordada, no te preocupes. Yo he esperado guaguas dos horas... Ya empezaba a preocuparme pero sabía que estabas en camino: tu mamá me lo dijo.

–¿Llamaste a mi casa? Esa no era mi mamá... pero bueno, ya estoy aquí.

–Yo quería bajar al Malecón para sentarnos allí un rato pero te tengo otra propuesta. Vivo cerca, podemos ir caminando. Allí podríamos conversar más a gusto, sin gente que nos pase por al lado importunando para tratar de vendernos algo.

–Está bien, vamos –dijo Tania y comenzaron a caminar calle L abajo–. Si vives cerca seguro vienes al Coppelia a menudo, ¿eh?

–No, ya no tanto. Las colas se han puesto insoportables y eres dichosa si hay más de dos sabores el día que vienes.

Tania y Ojos Bellos caminaron hasta la calle Línea. En la esquina doblaron a la izquierda y continuaron unas cuatro cuadras más, todo el tiempo comentando algo respecto al Coppelia y los sabores de los helados.

–Es aquí, yo entro primero. No te asustes con los perros que yo los controlo –dijo Ojos Bellos al tiempo que subía la aldaba de la cerca que rodeaba la casa, ruido que alborotó a sendos dobermans de casi un metro de lomo fornido–. ¡Niño! ¡Niña! ¡Sitz!

Los caninos se sentaron en el lugar en que recibieron la orden, más que obedientes al comando vociferado con decisión por Ojos Bellos. Tania pensó unos segundos antes de entrar al jardín de la casa. Los dos animales miraban tranquilos, soltando babas por los sedientos hocicos, o eso parecía que estaban porque jadeaban como si hubieran corrido en un cinódromo.

–Es que el calor los mata. Mi hermano los entrenó en Alemania y no se acaban de acostumbrar al trópico –comentó Ojos Bellos al ver que Tania no pestañeaba mirando a los canes–. Ven, pasa, no te harán nada mientras yo esté aquí.

–¿Y quién les puso esos nombres? –sonrió Tania.

–Yo mismo. Son los niños de la casa –respondió Ojos Bellos cerrando la reja tras sí.

Caminaron bordeando la casona por su izquierda hasta que apareció una puerta trasera, “quizá la de los criados en otros tiempos”, pensó Tania.

–Este es mi refugio –dijo Ojos Bellos–. Mis padres viven en la parte de alante de la casa. Aquí no me molestan sus discusiones ni las viejas chismosas amigas de mi mamá...

Entraron a lo que se presentaba como una habitación muy acogedora, con cuadros exóticos colgados en dos de sus paredes, una pequeña cocina en una esquina, una puerta de lo que parecía ser el baño por la franja de azulejos verde claro que se divisaba, una mesa antigua con patas torneadas delicadamente, una cama redonda ubicada en el mismo centro de la habitación y una armadura metálica de caballero europeo de la Edad Media, con casco y penacho, peto, hombreras y hasta rodilleras en perfecto estado de conservación. En ella detuvo su mirada Tania, extasiada.

–Te gusta, ¿eh? Es antiquísima. Vale mucho pero pesa más que un Buick del 53. Eso no es lo mejor de este cuarto –dijo Ojos Bellos levantando una parte del colchón–. Mira estas dagas de lámina dorada. Son mis preferidas.

Tania se fijó en las empuñaduras decoradas con, seguramente, las primeras piedras preciosas que veía en su vida. Simplemente: dos armas blancas hermosísimas, afiladas, mortales. Ojos Bellos soltó el colchón y le indicó con un gesto a Tania que se sentara en la cama. Él se acomodó en el otro extremo de la circunferencia y comenzó a teorizar acerca de los materiales con que estaban construidas las dagas, puñales y armaduras caballerescas que conocía. Tania lo seguía muy atenta, impresionada por los interesantes datos históricos pero sin dejar de pensar en las dagas. A veces oía a Niño y a Niña alertar al vecindario entero, a su forma, de unos gatos que registraban la basura intranquilos.

Cuando el tema de conversación había cambiado unas tres veces, Ojos Bellos se aproximó a Tania corriendo su cuerpo hasta el centro de la cama. Quedó a escasos centímetros de la muchacha.

–¿Quieres que te confiese algo? Hace muchísimo tiempo que no converso así con una mujer. Casi todo el tiempo he hablado yo, cosa rara. Qué agradable tenerte aquí ahora –dijo bajando la voz, susurrando las últimas palabras.

Tania sonrió. Era la primera vez que un hombre no se le tiraba arriba desde el primer momento a solas. Había estudiado muy bien cada gesto de Ojos Bellos, la melodía de su voz, el color de sus ojos, la forma de sus brazos, “¡qué manos tan masculinas!”, su mirada a veces esquiva. Ella se le hubiera tirado encima a él de tener el chance, para comérselo lentamente, disfrutando cada pedacito de su cuerpo como solía hacer con los plátanos maduros fritos, estirándolos al máximo para que no se le terminaran. Los mejores eran los que se pegaban al plato, que se rehusaban a ser comidos, aumentando así las ganas de Tania de devorarlos. Qué hambre de hombre le estaba entrando... Pero no dejaba de pensar en los dos estiletes, en las peligrosas armas que estaban allí, justamente debajo de sus cuerpos, al alcance de la mano...
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lunes, 18 de febrero de 2008

Historias de Tania - Capítulo V

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(V)


–Ay chica, pero qué mal rato pasaste... –le comentó la otra muchacha a Tania, apenada, en una pausa que hizo ésta para estornudar–. ¡Dios te críe!

–¿Dios te críe? Así nunca lo había oído. Tú dirás “Salud”...

–Así decía mi abuela, que en paz descanse. Pero bueno, volviendo al tema: Tania, tienes en tus manos una gran ventaja, ¡sabes donde vive el tipo! Si quieres te acompaño a la Policía para hacer la denuncia.

–¿Qué? ¿Tú estás loca? –respondió Tania con total desconfianza–. ¿Para qué? Ellos no harán nada. Además, Mano Larga podría vigilarme, pues sabe dónde me dio botella, hasta dar conmigo para hacerme pasar un susto peor...

–Tania, no tengas miedo, si él quisiera te buscaba de todas formas. ¡Échalo pa’lante! El desgraciado ese...

–Mira... –Tania se dio cuenta de que no sabía el nombre de la otra muchacha.

–La Rosa.

–Mira, Rosa...

–No, Rosa solo no, “La” Rosa. Desde niña me dicen así porque mi mamá era española y me le parezco mucho.

–Mira, La Rosa... –dijo Tania no muy convencida– yo no voy a resolver nada con denunciarlo. Mejor me olvido del tema.

–Tania, todos estamos igual, sepultándonos poco a poco en el conformismo. Tenemos miedo de hablar por las represalias que puedan tomar después en nuestra contra. Nos han inculcado muy sutilmente el asentir como corderos, “cumple ésta orden, no te inmutes, no repelas, no debatas”... Pero te entiendo, no te preocupes. Solo te ofrecía mi ayuda, mi apoyo.

–La Rosa, así mismo me dice mi tía...

–¿Ves? No soy la única que piensa así pero sí una más que al final no hace nada serio por cambiar el perenne inconformismo... –La Rosa fijó la vista en las colillas de cigarro que estaban cerca del banco donde estaban sentadas–. ¿Y tu tía es disidente?

–¡No, qué dices! –respondió Tania sobresaltada.

–No te asombres. Disidente viene de disentir, de no estar de acuerdo con algo y expresarlo en un debate. Pero es que ni el significado de esas palabras lo conocemos bien... Son de las que han mutado la sintaxis...

–Mi tía está arrepentida de no haberse ido con su familia en su momento. Cuando el Mariel ella estaba muy enamorada de mi tío y no se atrevió a montarse en la lancha que los vino a buscar. Total, mi tío era, es y seguirá siendo un picha dulce: medio año después mi tía se separó de él porque le descubrió una querida...

–¡Pudieron más los tarros que la posición política!

–Así mismo dice ella –comentó Tania mientras miraba el reloj. Había olvidado la cita con Ojos Bellos–. La Rosa, tengo que irme. ¿Qué te parece si nos encontramos otro día?

–Por mí, encantada. Y me gustaría conocer también a tu tía.

–Pues te doy mi teléfono y nos ponemos de acuerdo. Yo vivo con ella –Tania intentó buscar en su carterita algo para escribir, sin éxito–. No tengo nada para anotar pero no te será difícil recordar el número: cuarenta, cinco cinco...

–¡Sin corriente! –rió La Rosa.

–Por poco –sonrió Tania–. Cuarenta cinco cinco cinco tres.

–No se me olvidará. Garantizado. Si no se me olvidan las fórmulas con las que trabajo a diario, seguro no será tu teléfono el primero...

–¿Por qué, dónde estudias?

–Trabajo, nada de estudios, ya esos quedaron atrás –comentó La Rosa con orgullo–. ¡Y fórmulas de las buenas! De Física, sencillitas, sencillitas –se burló arrastrando la última “i” –. Trabajo en la Facultad de Física, en la Colina.

–¿En la Colina? ¡Pero si yo también trabajo en la Universidad! Abajo, detrás de la Facultad de Estomatología.

–Tania, vamos a dejar los cuentos para otro momento que yo también debo irme. Si no, llegaré demasiado tarde a los ensayos.

–¿Eres actriz?

–No exactamente, pero ese cuento queda también para otra oportunidad...

–La Rosa, te agradezco mucho que me hayas escuchado. De veras me hacía falta. Fíjate que me siento mejor...

–A mí también me ha gustado conversar contigo –dijo La Rosa abrazando a Tania y dándole unas palmaditas por la espalda.

En ese momento subían por la calle G dos hombres en una moto. El de atrás gritó despectivamente:

–¡Lesbiaaaanas! Zafen, zafen, ¡lesbiaaaanas!

Tania y La Rosa se separaron de un brinco. Instintivamente ambas se alejaron en el asiento, al unísono.

–Bah, no les hagas caso. Es que el banquito que escogimos no está en el mejor lugar. Frente a la Casa del Té de 23 y G se puede esperar de todo... –comentó La Rosa y con la misma se puso de pie–. Vamos, Tania, que se nos hace tarde.

Las dos muchachas se alejaron rumbo al Yara, conversando otro poco las cinco cuadras que restaban hasta la calle L. Allí esperaba Ojos Bellos a Tania, sentado en el muro del Cine, por el costado de 23.
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lunes, 11 de febrero de 2008

Historias de Tania - Capítulo IV

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(IV)


–Muchachitas, ¿para dónde van ustedes? –esta vez las interpeladas eran Tania y otra joven parada a un metro de ella.

La voz provenía de un Lada azul de guardafangos negros que estaba junto a ellas. Tania, pensando en todo lo que le había acabado de suceder, ni se percató de la llegada del auto, bastante maltratado por el tiempo, al semáforo. La otra muchacha dijo que iba para el Pabellón Cuba. Tania murmuró que hasta el Yara.

–Monten, yo las llevo –ordenó casi el hombre estirando el cuerpo hacia su derecha y abriendo la puerta delantera–. Yo tengo una hija como ustedes y sé perfectamente lo malo que está el transporte. Una que se monte delante y la otra, atrás.

Papá Bueno inició un diálogo ininterrumpido, bueno, casi un monólogo, con la precaria situación del transporte habanero como tema. La otra muchacha intervenía a veces con cortos síes y noes pero Papá Bueno era quien llevaba la voz cantante. Tania iba recostada al asiento trasero y su pensamiento levitaba. La impotencia ante la grosera frescura de Mano Larga había logrado enturbiarle buena parte de la alegría y curiosidad que sentía respecto al encuentro con Ojos Bellos.

El motor del Lada sonaba muchísimo. Dentro del auto se convertía en un ruido ensordecedor que hacía alzar mucho la voz a Papa Bueno y, al mismo tiempo, enterrar más los intentos fortuitos de ambas muchachas de dialogar con él.

–Este cacharro... ayer el mecánico se pasó la tarde entera arreglándole un montón de cosas y mira hoy cómo se ha puesto otra vez –se lamentaba Papá Bueno–. El motor es de cuando el ataque al Morro por los ingleses pero imagínense, ¿quién puede darse el lujo de comprar uno con los salarios de miseria que se pagan en este país? Ni siquiera una junta para el block pude conseguir con facilidad. Vine a resolver con uno de Mantilla que las hace de cartón encerado pero no me dió garantías...

Como intuyendo la descarga que se avecinaba, el auto se estremeció, tosió estruendósamente, saltó con espasmos como noria de feria atascada y empezó a echar humo por la hendija del capó.

–¡El motor se me funde! –comenzó a gritar histérico Papá Bueno–. ¡Bájense, muchachitas, que se me quema el carro!

A Tania y a la otra muchacha las asaltó el pánico. Salieron del auto veloces. Menos mal que las puertas ayudaron. Corrieron para la acera mientras Papá Bueno agitaba los brazos y repartía trapazos con una mano y chorros de agua que salían de una botella plástica que tenía en la otra. Todo el revuelo duró un par de minutos. Pasado ese tiempo Papá Bueno no abría ya tanto los ojos y el humo ni se veía. Eso sí, el fuerte olor a aceite quemado invadió la calle, ambas aceras y probablemente unas dos manzanas a la redonda.

–¿Y ahora qué hago? ¡Qué embarque! Tengo que ver cómo aviso a mi mujer para que llame al mecánico y me lo mande para acá... Aquí no puedo dejarlo solo porque una de dos: o me olvido de que un día tuve carro o me lo encuentro con botellas de cerveza en vez de ruedas... ¡Ya me llevaron las gomas una vez!

–Si quiere yo puedo llamar a su casa –le sugirió la otra muchacha–. Ya no queda mucho hasta el Pabellón Cuba y puedo ir caminando. Y si quieres –siguió hablando, ahora dirigiéndose a Tania– podemos ir juntas. En el camino seguro encontramos algún teléfono.

–Muchachitas, se los voy a agradecer, pero ¿tú crees que haya alguno? Antes sí, pero ya ni eso se encuentra en esta ciudad. Y si das con uno, sería un milagro que funcionase...

Acordaron hacer como propuso la otra muchacha. Tania convino en irse con ella. Estaban a una cuadra de la calle Paseo y el alfabeto para nombrar a las calles comenzaría enseguida. Debían caminar hasta L juntas y la otra muchacha sólo una cuadra más. Ambas se despidieron de Papá Bueno no sin antes agradecerle su gesto.

–Muchachitas, no se monten con más nadie. Eviten a los desconocidos de noche que la calle está muy mala –les dijo Papá Bueno al despedirse.

La temperatura nocturna estaba muy agradable, no había ni frío ni calor. Mientras caminaban, una suave brisa jugaba a veces con los cabellos de ambas jóvenes y arrancaba ligeramente el fuerte olor que les había dejado el humo en las ropas.

–¿Eh, qué tú crees? –le preguntó a Tania la otra muchacha.

–¿Sobre qué? Disculpa... no te estaba atendiendo...

–Que si te parece bien que preguntemos en alguna casa. Todavía no he visto un teléfono y ya no nos queda mucho por caminar.

–Sí, claro, pero pregunta mejor tú, que a mí me da pena –Tania tenía su mente muy lejos de allí.

La otra muchacha abrió una reja oxidada que limitaba el jardín a su derecha, caminaron juntas hasta la puerta de la casa y la otra muchacha dió tres golpes con los nudillos. Una señora de unos cincuenta años les abrió. A los pocos minutos la otra muchacha tenía un negro auricular en su diestra.

Mientras la otra muchacha hablaba con la mujer de Papá Bueno, Tania recorrió con su vista la estancia. Al final de un largo pasillo podían distinguirse las imágenes y escuchar el sonido de un televisor Caribe. Frente a él, de lado hacia el pasillo, estaba sentado Mano Larga. Él separó su vista del televisor y la vió allí, a la putica, a unos metros de donde estaba sentado. La fulminó con una mirada amenazante, llena de miedo también.

–¡Vámonos de aquí rápido! –le dijo Tania visiblemente nerviosa a la otra muchacha mientras le estiraba el brazo en dirección a la puerta.

La otra muchacha vió en los ojos de Tania un terror indescriptible. Concluyó su conversación, se despidió de la mujer, que en ese momento regresaba de la habitación contigua, y siguió a Tania hasta la reja del jardín. Ya en la acera Tania le disparó sin signos de puntuación lo sucedido antes de llegar al semáforo donde Papá Bueno las había montado en su carro. El reloj marcaba veinte minutos para las 8:30 de la noche, hora en que Tania quedó en encontrarse con Ojos Bellos. Optó por terminarle el cuento a la otra muchacha y de paso serenarse un poco antes de llegar al Yara. Ambas se sentaron en uno de los bancos del paseo intermedio de la calle G, Avenida de los Presidentes según le insistía su padre cuando ella era una niña, pero que ella había bautizado como “mojón” al ser éste el nombre del promontorio inmutable que en cada esquina indicaba los nombres de las calles que se cruzaban. Y es que había sido en la calle G donde se había enterado de la segunda acepción de la palabra.
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martes, 29 de enero de 2008

Historias de Tania - Capítulo III

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(III)

–¡Tía, no me esperes! –gritó Tania desde la puerta, con medio cuerpo ya en la calle–. Yo como algo por ahí...

Tania vivía con su tía desde hacía unos cinco años. Se había ido de la casa de sus padres después de una de las tantas acaloradas discusiones con ellos. La convivencia era casi imposible y sus padres no entendían la independencia y libertad que ella necesitaba. Era una mujer hecha y derecha y todavía insistían en controlarle los pasos. Su tía política, primera esposa del hermano de su mamá (ya iba por la quinta) tenía un modesto apartamentico el cual le había ofrecido con cariño la noche que Tania llegó desperdigando lágrimas a trocha y mocha. Al día siguiente Tania echó sus pocas pertenencias en una maleta que otrora le sirviera para la escuelas al campo y se fue de la casa. La tía por lo menos respetaba el ámbito de su vida personal, conversaba con ella como una amiga y la entendía como mujer. Tania era una buena muchacha, sencilla, amable, además de su única familia en Cuba; el resto vivía en Miami.

La mamá de Tania llamaba a escondidas a su antigua cuñada para preguntar por su hija. Siempre terminaba con la misma frase “Esa muchachita no nos quiere hacer caso... ¡qué van a decir los vecinos!”. Después se lamentaba otros cinco minutos y se despedía. Ella era la de la Federación en la cuadra. No todos los cubanos y cubanas de la edad de Tania, con problemas generacionales similares o peores, tenían un lugar a donde ir. Tania era afortunada. Por eso recogió sus cosas y se fue, no sin antes llorar amargamente mientras le espetaba a sus padres que el Partido era el principal culpable de las discordancias en las familias cubanas por meter las narices en la vida privada de la gente, valiéndose para ello de dirigentes incapaces como Jorge, vecino además de su casa. La madre y el padre montaron en cólera e hincharon al unísono los orificios de las fosas nasales:

–¡Pues en esta casa mandamos nosotros y tú tienes que hacer lo que nosotros digamos, gústete o no!

Tania fue para su cuarto y se encerró. Salió media hora más tarde con su maleta a cuestas.

Cuando sonó el teléfono ya Tania se había bañado. Ponerse su vestido minifalda naranja claro, peinarse su abundante cabellera y maquillarse un poco la cara fueron rutinas que terminó en pocos minutos. A las 7:30 pm ya estaba en su semáforo lista para pedir botella. Ella era la única. La vacía esquina lucía disconforme a esa hora y ya no pasaba tanta gente ni caminando ni en sus carros. Ojos Bellos quedó en esperarla a un costado del Yara entre las 8 y las 8:30 de la noche. Tania asintió cuando él le preguntó si la hora le convenía.

Regla de oro número cuatro: los asiduos aduladores no dan botellas cuando sus esposas o parejas los acompañan. Así se le fueron dos “conocidos” con los cuales había cogido botellas la semana anterior. Por suerte venía un panelito a lo lejos y el chofer mismo se ofreció para llevarla hasta 23 y 26.

–Ya en 23 podrás coger cualquier cosa. Enseguida estarás en el Yara.

–Sí, cómo no, conozco el camino –le dijo Tania y se montó a su lado sin dejar de pensar en el encuentro en el Yara. “¿Le gustará mi vestido?, ¿le gustaré yo?”, cavilaba.

El recorrido por Santa Catalina, Boyeros hasta 26 y 26 misma fue rápido, casi no había tráfico a esa hora en la ciudad. Cuando iban dejando atrás el Cementerio Chino Tania se dispuso a agradecerle al chofer su amabilidad.

–Le agradezco mucho el haberme traído. Yo no me imaginé que iba a llegar tan temprano.

–Si venía en esta dirección no iba a gastar más gasolina con traerte –le respondió con una sonrisa–. Te dejaré en el semáforo antes de doblar a la izquierda en 23.

–Muchas gracias otra vez. No todo el mundo sube a una extraña a su carro –añadió Tania al tiempo que acomodaba su carterita con las llaves de la casa, diez pesos cubanos y un dólar que guardaba para casos de emergencia, como cuando no le quedaba mucho tiempo para llegar temprano a su trabajo. Hoy no, hoy era viernes por la noche y salía a pasear, no obstante prefirió dejar el amuleto americano, como lo llamaba, en su cartera.

Cuando el auto se detuvo completamente Tania giró su cuerpo hacia la derecha para abrir la puerta. La abrió sin dificultad (a veces era una aventura imposible) y puso su pie derecho en el asfalto mientras hacía fuerza con ambos gemelos para levantar su cuerpo del asiento, dándole la espalda al chofer. Sin tiempo para reaccionar sintió cómo la mano derecha de éste le tocaba agitada las entrepiernas y le introducía toscamente los dedos en su ropa interior, pasando dos de ellos por su sexo y recorriéndolo salvajemente hasta tocar el ano. Todo ocurrió en centésimas de segundo. Tanía logró cambiar el punto de apoyo y ya estaba parada en la calle, atónita, ida del mundo por un instante, aturdida, sin palabras.

–¿Te pensabas, putica, que te ibas a ir así como así? –le gritaba el grosero chofer con una mueca diabólica en la cara mientras se olía los dedos, húmedos del sexo de Tania.

–¡Maricón! –fue lo que respondió ella retrocediendo y alcanzando la acera, arreglándose su pieza de lencería que Mano Larga había dejado atascada entre sus nalgas.

Cambió la luz del semáforo, la puerta sonó y Mano Larga se alejó en su auto sin dejar de oler su mano derecha. A Tania le costó trabajo reaccionar, cruzar la calle y dirigirse hacia la nueva esquina donde tenía pensado volver a pedir botella. El corazón le latía desbocado y las orejas al rojo vivo lanzaban chispas en todas direcciones.

Regla de oro número cinco: de noche todos los gatos son pardos y algunos pueden arañarte. Nadie más se percató del incidente.
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jueves, 24 de enero de 2008

Historias de Tania - Capítulo II

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(II)


A la semana de haberle devuelto la bicicleta a su amiga Olguita y de haberse iniciado en el arte de pedir botella para ir al trabajo y para regresar de éste, Tania intentaba definirse a sí misma como una aprendiz talentosa. Había pensado seriamente en la singular idea de escribir un tratado sobre el uso efectivo de las redes de transporte urbano privada y estatal. Aun carecía de la madurez suficiente en el ramo pero ya, con tan solo una semana de excepcional experiencia, había podido llegar a ciertas conclusiones.

La primera regla de oro saltaba a la vista como teorema irrefutable: las mujeres no dan botella a las mujeres más jóvenes que ellas. Tania no solo había comprobado personalmente la veracidad de tan incisiva afirmación sino que había visto cómo su aplicación se extendía también a otras muchachas como ella. ¿La frescura de la juventud contraponiéndose a la envidia de las ya entraditas en años? Quizá, tal vez, muy probable que así fuera... Sólo en una ocasión se le adelantó una señora mayor y le preguntó a la fémina que manejaba un Fiat blanco si podía llevarla, subiendo al auto segundos después. Tania no perdió tiempo y preguntó también a través de la ventanilla.

–Buenos días, ¿usted pasa por la Ciudad Deportiva? –coordenada irremediablemente ubicada en la dirección que indicaba la defensa delantera del auto.

–No –fue la tajante respuesta seguida de un acelerón con el cambio de luz del semáforo y acompañada además de un gesto cargado de desprecio.

–¡Qué pesada! –atinó a susurrar Tania mientras el auto se alejaba velozmente–. No importa, otro me llevará...

Regla de oro número dos: cuando preguntes, muestra decisión, firmeza, seguridad y clase pero no olvides ser agresiva. Y si te dan el bate, ignorar es lo más sensato. Pocos minutos después Tania comentaba el incidente con un hombre muy bien vestido y con olor a una colonia extravagante, que seguramente se había echado como catchup a las papas, quien la dejara montar a su lado para llevarla.

–Ah, las mujeres son así cuando ven a una muchacha bonita como tú –dijo el hombre mirando las piernas que Tania exhibía inconscientemente–. Tienes unas rodillas hermosas. Eres delgada pero el hueso de la rodilla sobresale sensualmente.

–Gracias –respondió Tania ruborizada.

–¿Y qué hace una muchacha como tú pidiendo botella? –siguió interrogando el hombre–. Si yo tuviera una novia así, la llevaba todos los días a donde me pidiera.

Tania ya empezaba a molestarse con el tono meloso e insistente de El Policía, porque otra cosa no podía ser con el interrogatorio que le estaba haciendo, a ráfaga pura.

–Es verdad, chica, tus rodillas son muy bonitas –siguió El Policía. “Y dale con las rodillas... cuidadito... se mira y no se toca”, pensaba Tania–. ¿Tú tienes teléfono?

–No, no tengo –respondió Tania arqueando las cejas y encogiéndose de hombros.

–Mentirosa, a mí tú no me engañas –atacó nuevamente El Policía arrastrando la o de la palabra mentirosa.

–Sí, es verdad, ojalá tuviera uno, pero es que después que me fajé con la hija de la vecina de los altos y le rompí la vitrina de la casa, no me han dejado entrar más allí. Yo usaba el teléfono de ellas. Total, para lo feo y sucio que estaba... –contraatacó Tania resuelta.

Claro que la justificación era falsa pero había dado en el clavo: El Policía no preguntó más, de hecho ni habló en el pedazo del trayecto que quedaba hasta llegar a la Plaza, donde le había comentado a Tania que podía dejarla. Tercera regla de oro: nunca des tu teléfono a un desconocido. Tania se sintió algo incómoda porque le estaban haciendo un favor y no quería ser descortés ni mal educada, pero no se imaginaba continuar siendo interrogada sin tener que llevarse las manos a la nariz para evitar el olor de la colonia de El Policía. Y no podía mandarlo a bañar, eso estaba claro, así que decir no cuando realmente quería decir no, era la mejor opción.

Al bajarse del auto se paró en el semáforo de Paseo y Boyeros. Su trabajo le quedaba a unos escasos 600 metros pero era temprano, así que podía esperar a ver si alguien la adelantaba un poquito más. Al poco rato paró delante de ella un auto de la escuela de automovilismo. El chofer, un joven de ojos preciosos, le hizo una mueca a Tania como diciéndole “Yo te llevara pero el profe seguro me suspende”.

–Qué lástima –dijo Tania bajito pero por el movimiento de los labios el muchacho pudo entender fácilmente su comentario. Esperó entonces la nueva ola de choferes y esta vez tuvo más suerte. Llegó al trabajo enseguida.

Al día siguiente hizo el mismo recorrido, hasta la Plaza. Miró a lo lejos y creyó reconocer al auto que se aproximaba. Al llegar junto a ella el muchacho dijo entre risas:

–¿Pero muchacha, todavía tú estás ahí? ¡Profe, déjeme llevarla!

–Bueno... está bien. Monta rápido –dijo el profe dirigiéndose a Tania.

Mucho tiempo para conversar no tenían pues Tania debía bajarse casi inmediatamente, pero esos pocos minutos le sirvieron para fijarse mejor en la cara del muchacho desde el asiento trasero, a través del retrovisor. Sus ojos, qué ojos, no necesitaban hablar mucho. Además, ella no quería desviar su atención, capaz que chocara... ¡A ella nada más se le ocurría coger botella con un pupilo de automovilismo! El auto paró, Tania abrió la puerta y les dijo a ambos, al profe y a Ojos Bellos:

–Profe, no lo lleve recio. Muchas gracias a los dos.

–¿Tú tienes teléfono? –fue la respuesta-pregunta de Ojos Bellos.

Corrección a la regla de oro anterior: no des tu teléfono a un desconocido a menos que quieras conocerlo. Por la tarde, al llegar a su casa, Tania no hizo más que esperar a que el teléfono acabara de sonar.
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lunes, 21 de enero de 2008

Historias de Tania - Capítulo I

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Nota introductoria:
Dicen que las mujeres hablamos mucho y que, si es entre nosotras, no tenemos para cuando acabar. Tania es una mezcla de todas las mujeres que he conocido en mi vida, incluyéndome a mí misma. Todas las historias de Tania son reales o han llegado a mis oídos a través de terceras, a veces de “terceros”. Una pizca de imaginación también me la permití.



(I)

–Olguita, ¿pero qué te pasó? –preguntó Tania cuando vio a su amiga–. ¡Mira ese pie como lo tienes!

–Nada, chica, tú sabes que yo cojo por Mayía Rodríguez para ir a la Universidad... –Olguita hizo una pausa para acomodarse en el descolorido butacón de la sala.

–Sí, sí, todos los días...

–¡Aquí mismo al doblar! Qué roña me da... tantas veces el mismo camino y mira hoy como luzco... –se quejó Olguita, molesta.

–Pero niña, ¿qué te pasó? –repitió Tania angustiada.

–Nada, que loma abajo me embarcó el piñón de la bicicleta, se trancó, no sé, algo de eso... lo cierto es que yo iba loma abajo y no podía frenar... estas bicicletas rusas... y abajo está Lacret, imagínate, con carros pasando y choferes pisándoles el acelerador, ¡me aterroricé, qué miedo! y en un par de segundos, porque no tenía muchos más a la velocidad que ya había alcanzado, decidí frenar con el pie en la calle... gasté la suela pero frené... por poco me mato... me vine a jorobar el tobillo en el último metro antes de parar en seco... y los carros pasando a millón por Lacret, alantico mío –terminó Olguita cogiendo aire.

–Qué hinchado, chica, mira para eso. ¿Te duele? –le preguntó Tania haciendo una mueca de dolor, sintiendo las punzadas de Olguita en su propio tobillo derecho.

–Sí, bastante. Me mandaron reposo, así no me podían poner un yeso.

–¿Y ningún medicamento? –siguió indagando Tania.

–Tú sabes, lo mismo que le mandan a todo el mundo pero no he podido conseguir los anti-inflamatorios...

–Voy a preguntarle a mami y te digo, ¿eh? –le aseguró Tania cogiéndole la mano a Olguita al tiempo que le daba unas palmaditas suaves con la otra.

–Está bien, avísame.

–Ahora no podrás montar bicicleta en buen tiempo... –dijo Tania mirando de soslayo a la pared a su derecha, donde estaba recostada la bicicleta.

–¡Ni lo haré más tampoco! Qué va, no estoy para que me esté pasando esto o algo peor. Por mí te puedes llevar ese trasto con ruedas ahora mismo –repuso Olguita algo fastidiada.

–Tú sabes que hace rato estoy buscando una. Después que me robaron la mía paso mucho trabajo para llegar temprano.

–Pues llévatela ahora mismo, ¡no quiero verla más! –le ordenó Olguita a su amiga.

–Fíjate, te voy a tomar la palabra pero con una condición: prestada. Yo te la cuido, tú me conoces.

Así fue como Tania volvió a montar bicicleta dos años antes. Llevaba casi tres meses sin la suya y la agonía era enorme para llegar al trabajo por las mañanas. Maldito transporte, se había puesto muy malo y, ni madrugando ni siendo amiguita del “inspector amarillo” de la parada de la ruta 37, lograba firmar en el libro de asistencia más de quince minutos antes de que pasaran la raya roja. Había tenido mucha suerte y aun no tenía tardanzas, pero sabía que en cualquier momento podían sacarla de la lista de los que recibirían los ansiados dólares a fin de año. Cincuenta dólares era un dineral en el 94, en pleno período especial, y la cuota para el centro era siempre menor que su plantilla, así que los jefes se las arreglaban invariablemente para decidir quién tendría derecho y quién no a recibir el estímulo. La asistencia y las llegadas tardes eran puntos decisivos: todos ellos vivían cerca o tenían carro. Además, tenían horario abierto. Y no pocos salían de viaje alguna que otra vez. Cincuenta dólares no significaban lo mismo para ellos que para ella, soldado raso.

Ya habían transcurrido esos dos años y la bicicleta, lejos de arreglarle de una vez por todas el problema de las llegadas tardes, se lo agudizaba, sobre todo los días de lluvia como esos desde hacía diez días, por culpa del frente frío uno, del dos y del tres que se habían sucedido sin pausa, acompañados de toda el agua que no había caído en meses. Estaba lloviendo desde la tarde anterior y ya eran las ocho menos cuarto de la mañana y no había podido salir de la casa. Tenía noventa papeletas para llegar tarde por primera vez en el año.

No lo pensó dos veces. Si su vecina se iba todas las mañanas en botellas y regresaba por las tardes también pidiendo favores, ¿por qué ella no iba a poder hacer lo mismo? Además, Fefa ya no era tan joven y ni se arreglaba siquiera. Si a Fefa le paraban, ¿por qué no intentarlo ella al menos un día? Miró a la bicicleta de Olguita, cogió la cartera negra que ya tenía amarrada a la parrilla, se puso la capa y salió caminando después de cerrar la puerta tras sí.

Llegó a Vento, dobló en dirección al semáforo de Santa Catalina y se paró en la acera a esperar a que la luz roja hiciera detener a los próximos choferes. De lejos se acercaban algunos autos y una moto. Todos fueron disminuyendo la marcha hasta detenerse, definitivamente, uno detrás de otro como bolas de billar, cerca de donde ella se había parado. “Qué pena preguntar a quien no conozco... pero así es como hace Fefa, supongo. Vamos Tania, respira profundo y decídete, que el reloj camina”, pensó dándose ánimos. Inclinó el torso hacia delante y tragó en seco.

–¿Tú pasas por la Ciudad Deportiva? –le preguntó por fin al cincuentón de nariz bastante pronunciada que detuvo su Lada verde justo a medio metro de distancia.

–Sí, y sigo por Boyeros hasta 23 y L –respondió el hombre–. ¿Para dónde tú vas?

–¡Hasta 23 y L! –dijo Tania visiblemente emocionada–. Entonces pasas por la Facultad de Estomatología, la que está ahí, después de la Terminal de Ómnibus. ¿Me puedes dejar allí?

–Sí, claro. Sube. Pero ten cuidado al abrir la puerta, que está... un poco floja –quiso aclarar el chofer pero ya Tania estaba sentada a su lado–. La cartera ponla del otro lado, que ahí no me deja cambiar con facilidad. Y la capa acomódala ahí en el piso o me vas a mojar todo esto...

–Sí, sí, como usted diga –reaccionó Tania. Hizo lo que dijo el treintipicón de nariz afilada, con esa gentileza podía darse el lujo de volver a estimarle un poco la edad y de hacerle una cirugía instantánea de corrección nasal, y se acomodó en el asiento del copiloto.

Mal comienzo: la muchacha llegó al trabajo en doce minutos. Esa misma tarde Tania le devolvió la bicicleta a Olguita, quien la puso en el garaje segura de que su primo, el de Lawton, la vendería al día siguiente. Las bicicletas eran ya muy codiciadas. Debía reconocer que su amiga la tenía muy bien cuidada, así que de seguro le iba a poder sacar algunos billetes. Tania le hizo el cuento de la primera botella que había cogido en su vida, por la mañana, y de las otras tres que la trajeron de regreso hasta la misma puerta de su casa, por la tarde, un pedazo del camino cada una.

Tania no solamente durmió unos minutos más por las mañanas con la seguridad de que iba a llegar a su destino sin problemas, sino que comenzó a conocer a cuanto cubano o extranjero la dejó montarse en su carro, en su camioneta, en su guagua, en su moto, en lo que tuviera, para hacer los recorridos más disímiles por las calles de la ciudad más insospechadas. Ir al trabajo y regresar por la tarde, de eso se trataba... al menos al principio. Quién o quiénes la llevaban, daba igual. Sus dólares de fin de año ya no estarían en la punta de la piragua. Ella no tenía ni perritos ni gaticos que cuidar, así que, por lo menos de regreso a la casa, tampoco había por qué apurarse tanto. Si de la Plaza iban para la Ciudad Deportiva pasando primero por Marianao, qué importaba: en la televisión tampoco había algo interesante que ver. Si lo hubiera sospechado de seguro se hubiera iniciado antes en las artes de pedir botella. Pero no se arrepentía del todo: sus piernas tan bien entrenadas en los kilómetros de pedaleo diario la iban a ayudar en sus propósitos. Y así fue.

Aquí comienzan las historias de Tania.
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