
Por eso me costó un poco de trabajo adaptarme a las señalizaciones del tránsito Alemán especiales para estos vehículos de dos ruedas. Aunque no tengo bicicleta (por el momento las sigo odiando después de años recurriendo a ellas obligadamente -en Cuba- lo mismo para ir a trabajar que para ir a un cine o a un restaurant) todavía me causa gran asombro ver a un abuelo o a una abuela montándolas por Berlín. Ni hablar de mi sorpresa cuando pasan los niños de cuatro años en sus mini-bicis acompañando a sus padres y manejando con la destreza del más experimentado campeón del Tour de Francia.

Y es que no andan sorteando el camino para evitar un bache u otro vehículo mayor: los ciclistas tienen sus propias sendas y señales del tránsito especiales. Así da gusto transitar por Berlín, a la vez que su vida se protege como debe ser, para lo cual también se facilitan los cascos y otros accesorios protectores.
