lunes, 21 de enero de 2008

Historias de Tania - Capítulo I

votar
Nota introductoria:
Dicen que las mujeres hablamos mucho y que, si es entre nosotras, no tenemos para cuando acabar. Tania es una mezcla de todas las mujeres que he conocido en mi vida, incluyéndome a mí misma. Todas las historias de Tania son reales o han llegado a mis oídos a través de terceras, a veces de “terceros”. Una pizca de imaginación también me la permití.



(I)

–Olguita, ¿pero qué te pasó? –preguntó Tania cuando vio a su amiga–. ¡Mira ese pie como lo tienes!

–Nada, chica, tú sabes que yo cojo por Mayía Rodríguez para ir a la Universidad... –Olguita hizo una pausa para acomodarse en el descolorido butacón de la sala.

–Sí, sí, todos los días...

–¡Aquí mismo al doblar! Qué roña me da... tantas veces el mismo camino y mira hoy como luzco... –se quejó Olguita, molesta.

–Pero niña, ¿qué te pasó? –repitió Tania angustiada.

–Nada, que loma abajo me embarcó el piñón de la bicicleta, se trancó, no sé, algo de eso... lo cierto es que yo iba loma abajo y no podía frenar... estas bicicletas rusas... y abajo está Lacret, imagínate, con carros pasando y choferes pisándoles el acelerador, ¡me aterroricé, qué miedo! y en un par de segundos, porque no tenía muchos más a la velocidad que ya había alcanzado, decidí frenar con el pie en la calle... gasté la suela pero frené... por poco me mato... me vine a jorobar el tobillo en el último metro antes de parar en seco... y los carros pasando a millón por Lacret, alantico mío –terminó Olguita cogiendo aire.

–Qué hinchado, chica, mira para eso. ¿Te duele? –le preguntó Tania haciendo una mueca de dolor, sintiendo las punzadas de Olguita en su propio tobillo derecho.

–Sí, bastante. Me mandaron reposo, así no me podían poner un yeso.

–¿Y ningún medicamento? –siguió indagando Tania.

–Tú sabes, lo mismo que le mandan a todo el mundo pero no he podido conseguir los anti-inflamatorios...

–Voy a preguntarle a mami y te digo, ¿eh? –le aseguró Tania cogiéndole la mano a Olguita al tiempo que le daba unas palmaditas suaves con la otra.

–Está bien, avísame.

–Ahora no podrás montar bicicleta en buen tiempo... –dijo Tania mirando de soslayo a la pared a su derecha, donde estaba recostada la bicicleta.

–¡Ni lo haré más tampoco! Qué va, no estoy para que me esté pasando esto o algo peor. Por mí te puedes llevar ese trasto con ruedas ahora mismo –repuso Olguita algo fastidiada.

–Tú sabes que hace rato estoy buscando una. Después que me robaron la mía paso mucho trabajo para llegar temprano.

–Pues llévatela ahora mismo, ¡no quiero verla más! –le ordenó Olguita a su amiga.

–Fíjate, te voy a tomar la palabra pero con una condición: prestada. Yo te la cuido, tú me conoces.

Así fue como Tania volvió a montar bicicleta dos años antes. Llevaba casi tres meses sin la suya y la agonía era enorme para llegar al trabajo por las mañanas. Maldito transporte, se había puesto muy malo y, ni madrugando ni siendo amiguita del “inspector amarillo” de la parada de la ruta 37, lograba firmar en el libro de asistencia más de quince minutos antes de que pasaran la raya roja. Había tenido mucha suerte y aun no tenía tardanzas, pero sabía que en cualquier momento podían sacarla de la lista de los que recibirían los ansiados dólares a fin de año. Cincuenta dólares era un dineral en el 94, en pleno período especial, y la cuota para el centro era siempre menor que su plantilla, así que los jefes se las arreglaban invariablemente para decidir quién tendría derecho y quién no a recibir el estímulo. La asistencia y las llegadas tardes eran puntos decisivos: todos ellos vivían cerca o tenían carro. Además, tenían horario abierto. Y no pocos salían de viaje alguna que otra vez. Cincuenta dólares no significaban lo mismo para ellos que para ella, soldado raso.

Ya habían transcurrido esos dos años y la bicicleta, lejos de arreglarle de una vez por todas el problema de las llegadas tardes, se lo agudizaba, sobre todo los días de lluvia como esos desde hacía diez días, por culpa del frente frío uno, del dos y del tres que se habían sucedido sin pausa, acompañados de toda el agua que no había caído en meses. Estaba lloviendo desde la tarde anterior y ya eran las ocho menos cuarto de la mañana y no había podido salir de la casa. Tenía noventa papeletas para llegar tarde por primera vez en el año.

No lo pensó dos veces. Si su vecina se iba todas las mañanas en botellas y regresaba por las tardes también pidiendo favores, ¿por qué ella no iba a poder hacer lo mismo? Además, Fefa ya no era tan joven y ni se arreglaba siquiera. Si a Fefa le paraban, ¿por qué no intentarlo ella al menos un día? Miró a la bicicleta de Olguita, cogió la cartera negra que ya tenía amarrada a la parrilla, se puso la capa y salió caminando después de cerrar la puerta tras sí.

Llegó a Vento, dobló en dirección al semáforo de Santa Catalina y se paró en la acera a esperar a que la luz roja hiciera detener a los próximos choferes. De lejos se acercaban algunos autos y una moto. Todos fueron disminuyendo la marcha hasta detenerse, definitivamente, uno detrás de otro como bolas de billar, cerca de donde ella se había parado. “Qué pena preguntar a quien no conozco... pero así es como hace Fefa, supongo. Vamos Tania, respira profundo y decídete, que el reloj camina”, pensó dándose ánimos. Inclinó el torso hacia delante y tragó en seco.

–¿Tú pasas por la Ciudad Deportiva? –le preguntó por fin al cincuentón de nariz bastante pronunciada que detuvo su Lada verde justo a medio metro de distancia.

–Sí, y sigo por Boyeros hasta 23 y L –respondió el hombre–. ¿Para dónde tú vas?

–¡Hasta 23 y L! –dijo Tania visiblemente emocionada–. Entonces pasas por la Facultad de Estomatología, la que está ahí, después de la Terminal de Ómnibus. ¿Me puedes dejar allí?

–Sí, claro. Sube. Pero ten cuidado al abrir la puerta, que está... un poco floja –quiso aclarar el chofer pero ya Tania estaba sentada a su lado–. La cartera ponla del otro lado, que ahí no me deja cambiar con facilidad. Y la capa acomódala ahí en el piso o me vas a mojar todo esto...

–Sí, sí, como usted diga –reaccionó Tania. Hizo lo que dijo el treintipicón de nariz afilada, con esa gentileza podía darse el lujo de volver a estimarle un poco la edad y de hacerle una cirugía instantánea de corrección nasal, y se acomodó en el asiento del copiloto.

Mal comienzo: la muchacha llegó al trabajo en doce minutos. Esa misma tarde Tania le devolvió la bicicleta a Olguita, quien la puso en el garaje segura de que su primo, el de Lawton, la vendería al día siguiente. Las bicicletas eran ya muy codiciadas. Debía reconocer que su amiga la tenía muy bien cuidada, así que de seguro le iba a poder sacar algunos billetes. Tania le hizo el cuento de la primera botella que había cogido en su vida, por la mañana, y de las otras tres que la trajeron de regreso hasta la misma puerta de su casa, por la tarde, un pedazo del camino cada una.

Tania no solamente durmió unos minutos más por las mañanas con la seguridad de que iba a llegar a su destino sin problemas, sino que comenzó a conocer a cuanto cubano o extranjero la dejó montarse en su carro, en su camioneta, en su guagua, en su moto, en lo que tuviera, para hacer los recorridos más disímiles por las calles de la ciudad más insospechadas. Ir al trabajo y regresar por la tarde, de eso se trataba... al menos al principio. Quién o quiénes la llevaban, daba igual. Sus dólares de fin de año ya no estarían en la punta de la piragua. Ella no tenía ni perritos ni gaticos que cuidar, así que, por lo menos de regreso a la casa, tampoco había por qué apurarse tanto. Si de la Plaza iban para la Ciudad Deportiva pasando primero por Marianao, qué importaba: en la televisión tampoco había algo interesante que ver. Si lo hubiera sospechado de seguro se hubiera iniciado antes en las artes de pedir botella. Pero no se arrepentía del todo: sus piernas tan bien entrenadas en los kilómetros de pedaleo diario la iban a ayudar en sus propósitos. Y así fue.

Aquí comienzan las historias de Tania.
Share |

8 comentarios:

GeNeRaCiOn AsErE dijo...

¡Enhorabuena Agua!. Dale que aquí está el pandillón para leer las aventuras de Tania.
Me cuadra el contexto histórico.

;)
un abrazo,
tony.

Eufrates del Valle dijo...

Prometen las historias de Tania. Seguire la novela... Congras por la idea!

Anónimo dijo...

Se ve buena la novela pero la tiñosa que hay en mi me dice que Tania se va a encontrar un personaje no muy grato en estas pedidas de botellas...no se..ojala que no.

Teresa

Aguaya Berlin dijo...

Tony, Eu, Teresa, les garantizo que las historias van a tener "de todo"...
Gracias por pasar!

General Electric dijo...

Me encanta Tania. Y que tal una combinacion de bicicleta y botella? Eso se llamaba "irse en rufa" no? Cuando te agarras de la defensa trasera del camion o de la guagua para que te de el impulso?

Te sigo. Me gusta como recreas la intemperie urbana

un abrazo

Aguaya Berlin dijo...

Frigi, usted es el maestro en lo de escribir! Me costó trabajo convencerme para hacerlo porque la verdad, ni la chancleta, pero es que si no, cómo se iban a enterar de esas historias???
:)
Oye, vi a bicicleteros aguantarse así de las defensas de las guaguas... qué peligro!!

Ivis dijo...

Agua, ya estoy al día, qué buen comienzo. Si supieras como cogí botellas yo en mis tiempos de Cuba. Es muy divertido lo de coger botellas, muy divertido. Te sigo.
Saludos!

Aguaya Berlin dijo...

Ivis, pues yo también cogí cantidad!! hasta que conocí a mi esposo... entonces nada más montaba con él ;)
Saluditos!