
Cuando mi suegro me dijo "¡Vamos mañana con mis nietos al Acuario!" yo me dije "No, no puedes evitar por más tiempo el irte por ahí para ver lo que dices es mejor ni ver". Ya me habían dicho que lo habían reparado y que a los niños les iba a encantar ver a los delfines. Así que nos apretujamos cinco personas en un Polaquito al día siguiente y llegamos al Acuario a eso de las 10 de la mañana.

Qué suerte: el show de los delfines empezaba en 15 minutos y el molote se disipó rápido en la talanquera de la entrada, por eso nos sentamos bien alantico.

Los niños estaban encantados, un poco asustados por el gentío, al que no están acostumbrados (o mejor dicho, a un gentío gritando y hablando alto) como tampoco al sol que empezó a hacer de las suyas de mala manera, pero se les veía emocionados.

"¡Mami, mami, mira lo que hace!"

"¡Oyeeee, mira eso!"

"Mami, yo quiero ir a tocarlos, anda mami, déjame ir a tocarlos, yo lo hago suavecito y les doy cariñito, anda maaaaami!". La niña me tenía mareada...

De ahí salimos detrás de la chiquillería entusiasta, de unos pidiendo agua por aquí, otros recordando que "sólo la del pomito que te traje, nada de refrescos dispensados", en fin, salimos de las gradas de los delfines y fuimos a las de al lado, cuyo show empezaba en menos de media hora.


La pared está un poco descorchada pero no importa, los aros no caen al piso...

...la animadora sabe muy bien de lo que habla y lo hace de una manera muy amena...

"Bueno, seguimos paseando, vamos a ver las peceras y los estanques y la cafetería y el restaurant con aire acondicionado y..." (éste era mi suegro). No, mejor no, ya está bien con la buena impresión que me he llevado, mejor no (pensaba yo). Pero él insistió y los chiquillos se echaron a correr por todo aquello. Y yo detrás, fijándome ya en los detalles, en los lugares abiertos al público y en los abandonados, sorteando escombros en un pasillo y mirando de lejos las tablas que cubrían la pecera de la foto de antaño con mis amiguitos, tratando de recordar cada uno de esos minutos cuando era yo la niña y mi papá me llevaba a ver a los manatíes o a la célebre foca Silvia... Y busqué el lugar como por instinto, sabía que estaba "por allí, al doblar", y ésto fue lo que encontré:


Mi mente y yo toda cambiamos de hora, de espacio, de ánimo... pero de vez en cuando sonreía a los niños, claro, entre recuerdos del pasado e imborrables imágenes del presente, y aún en el restaurant más tarde, sin aire acondicionado, donde todos nos echábamos aire con lo que teníamos a mano, tratando de adivinar, tras cada negativa, qué de la carta que nos ofrecían era lo que por fin tenían para cocinar.