miércoles, 12 de marzo de 2008

Historias de Tania - Capítulo VIII

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(VIII)


–Tania, mija, qué cara tienes... parece que llevas una semana sin dormir... –saludó Mari a su sobrina.

–Ay, tía, estoy cansadísima. Pero antes de dormir algo me voy a dar un bañito.

–Te pongo a calentar el agua enseguida. Yo te aviso.

El viaje de regreso de Tania a casa de su tía no había durado ni una hora. En la guagua que cogió en el Vedado no llegaron a montarse más de cinco personas en total, ella incluida. Y es que era sábado muy temprano. De haberse tratado de un día entre semana la parada hubiera estado abarrotada de personas, desesperadas por llegar a sus trabajos de alguna forma. Muchos apoyaban un pie en la calle con el objetivo de cazar la guagua desde lejos y echarse a correr en estampida si el chofer paraba mucho antes del sitio señalado; así solían hacer algunos para evitar el tumulto frenético por entrar al ómnibus hasta por las ventanas si lo dejaban. Algunos se acercaban más a la esquina de la calle Línea para pedir botella en el semáforo de la intersección con la calle G, como mismo practicaba Tania desde hacía tres semanas. Otros mantenían su posición en la cola de espera con la esperanza de que les tocara el turno de subir a la guagua, organizadamente, algo casi imposible ante la avalancha humana que desafiaba al transporte urbano a esas horas de la mañana. Pero el sábado no. El sábado ni siquiera deambulaban por las calles los asiduos perros callejeros que trataban de convencer a algún alma benévola para que les tirara algo de comer. Pareciera que adivinaran que ese día todos dormían un poco más.

Mari puso a calentar agua en un jarro y, mientras, buscó la toalla de Tania y una bata de casa en el closet del baño. Cuando el agua hirvió la echó en el cubo del baño para tibiar la que había allí almacenada. Desde que Tania tenía uso de razón se bañaba con cubo. Excepto en verano, cuando dejar caer el agua de la ducha fría por su espalda era el perfecto masaje para su cuerpo.

La tía de Tania entró al cuarto de la muchacha para avisarle. Le dio tanta pena verla ya dormida, con la ropa puesta y hasta con los zapatos, que dio un giro de ciento ochenta grados y regresó al baño. Apagó la luz que había dejado encendida y se fue a su cuarto a dormir también. No había podido conciliar completamente el sueño esperando a su sobrina y pensando en las horas que eran y en que quizá esa muchachita había hecho de todo menos comer algo.

Aproximadamente a las dos de la tarde Tania sintió como alguien la zarandeaba por el hombro y la llamaba por su nombre. Reconoció al fin la voz de su amiga Olguita. Abrió los ojos poco a poco, bostezó, se estiró un poco y comenzó a frotarse lentamente un párpado con la palma de la mano derecha.

–Muchacha, ¿qué horas crees que son? –le dijo Olguita burlona–. Mijita, si no vengo a verte no sé más de ti. Desde que me devolviste la bicicleta no te había visto más, ¡te perdiste de mi casa! Llegué a pensar que te habías ido en una lancha... Mira eso, ¡te dormiste con los zapatos puestos! ¿Pero dónde trasnochaste tú? ¡Avísame para la próxima, fíjate!

–¿Qué hora es? –preguntó Tania incorporándose en la cama.

–¡Las dos de la tarde!

–Sí, cómo he dormido... –volvió a bostezar Tania–. Hoy quería ir a verte, Olguita.

–Sí, sí, te voy a creer. ¡Me tienes abandonada!

–Es que... después te cuento. Pero si me viniste a ver tú es muy bueno también. ¿Qué tal tu pie?

–Ya está mucho mejor pero es de yeso y todo. Me pusieron uno pero no lo resistí y me lo quité yo misma. Qué va, mucho calor. No hay quien aguante este invierno tropical nuestro. Anunciaron algo de frío y ya tú ves, se puede ir a la playa. Pero bueno, después hablamos más. Es que Migue está allá afuera esperando.

–¿Tu primo? –preguntó Tania asombrada.

–Sí, nos tiene un negocito que nos puede reportar algunas ganancias generosísimas.

–¿Un negocito? Traduce, Olguita, ¿de qué se trata?

–Sólo me dijo así, “ganancias generosísimas”. Nada más. Pero tú sabes que el Migue se le cuela a todo. Mi bicicleta, por ejemplo, la vendió en cincuenta dólares. Yo le di veinte a él y con el resto quería invitarte a algún lugar a comer algo. Un día es un día, ¿no? Tú me cuidaste mucho la bici. Yo no hubiera tenido esa paciencia. Y hoy por la mañana Migue me dijo que nos podía ir muy bien con el negocio que quiere proponernos, por eso vinimos ahora.

–¿Tú tienes más bicicletas?

–¡No, niña, qué dices, es algo diferente! Pero arréglate un poco esos pelos, anda, que él no tiene mucho tiempo. Nos espera en la sala.

Tania se levantó y se dirigió hacia el baño. Y Olguita se acomodó en la cama con la espalda hacia la pared para esperar a su amiga.
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2 comentarios:

GeNeRaCiOn AsErE dijo...

Agua,
Te confieso que con la otra historia me quedé como Leoncio, mas turbado que nunca (jajajaja) no, seriamente, la situación embarazosa y terrible la reconstruiste excelentemente e incluso, los cuchillos formaban parte de ese violación, que aun sin ser punible, no deja de ser tempestuosa. Ojalá que Tania ahora no vuelva en busca de lana y salga mocha... Esa es la impresión que la gente tiene cuando vive en Cuba, el miedo constante a ser tumbado en un negocio, la imposibilidad de moverse, de generar posibilidades para vivir un poquito mejor. Entre otras cosas por eso andamos por aquí y por allá... lejos, pero tranquilos.


nos vemos,
tony.

Aguaya Berlín dijo...

Gracias, Tony. Qué bueno que te haya gustado.
Hay tanto miedo a tantas cosas por allá por la patria... que hay hilos invisibles que, aun pasado el tiempo, todavía cuelgan de nuestras vidas, diciéndonos qué se puede hacer y que no... o quizá sea yo quien no ha podido desarraigar ciertas cosas, no sé...
Un abrazo,
AB