
Perdí el tren de ida a Fráncfort. Ni me apuré cuando vi al veloz rojiblanco estacionado en el andén del Hauptbahnhof. Yo hubiera jurado que salía a las 8:36am pero no, salió a las 8:32am, como comprobé después estaba escrito más que claro en el pasaje que tenía en la mano. Si hubiera corrido escaleras arriba, me hubiera dado tiempo de entrar antes de que cerrara las puertas...

Empecé a sudar frío, el desaliento me venció por minutos, ganas me dieron de echarme a llorar. ¿Qué podía hacer? Perdía así una reunión de trabajo importante a la que no debía faltar. Primera vez en mi vida que no llego a tiempo. Ni siquiera un domingo se me fue el ómnibus de la escuela donde estuve becada; jamás perdí un avión; nunca llegué tarde a una cita importante por culpa del transporte (en Cuba lo que hacía era salir con sobrados minutos, en ocasiones hasta horas, de antelación).
Me dirigí al centro de viajes de los ferrocarriles. "Se me acaba de ir el tren a Fráncfort delante de mis narices. ¿Cuándo sale el próximo?", le dije sin esperanzas a la muchacha detrás del mostrador. "En 19 minutos pero no es directo, debe cambiar en Hanóver (Hannover en Alemán). Le costaría 51 Euros el nuevo ticket". Respiré. ¡Aún puedo llegar a tiempo! Pagué, subí al nuevo andén, y no me despegué de la pizarra electrónica hasta que llegó el coloso de los raíles alemanes.

Una se confía tanto en la puntualidad del transporte alemán... pero los ojos traicionan y no leen lo que dice el papel. Definitivamente necesito espejuelos.
[Fuente consultada: Wikipedia. Las fotos son mías.]