martes, 6 de mayo de 2008

Agua que no has de beber...

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© freestockphotography


Cuando llegamos a la casa siempre le preguntamos a mi niña (de tres años que cumplió ayer día 5): "¿Qué se hace cuando se llega de la calle?". Ella ya sabe y va directo para el baño: "¡Lavarse las manos!". Con la misma hala una banquetica verde que tenemos debajo del lavamanos, se sube en ella, acomoda las mangas largas de la ropa y abre la pila del agua, a todo lo que da.

Y ahí le digo: "¡Muchacha, cierra esa pila que si se acaba el agua después no hay más!", y me tengo que reir. Por un lado la logro convencer pues reacciona de inmediato y cierra la pila. Por el otro recuerdo las odiseas en mi casa en Cuba con el agua de la calle y la del tanque. A veces no había de la primera y la segunda había que racionarla con tino: no podíamos consumirla toda en un día porque nadie sabía a ciencia cierta si al siguiente iba entrar o no el agua de la calle.

Aquí en Berlín no tengo esos problemas y hasta se recomienda tomar el agua potable, una de las más limpias y puras del país, pero yo no me atrevo a arriesgarme después de tantos años hirviéndola en Cuba. Lo que hacemos es tomar de botella; unas que compramos que no son tan caras y saben bien. A los niños les damos de esa pero indudablemente la grande prefiere la que se bota a chorros.
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