
Creo que ya les había contado antes que a mí me encanta la leche condensada. De chiquita abría el refrigerador para chupar apurada las latas antes de que me descubrieran mis abuelos o mis padres. Cuando estaba muy fría a veces era un tormento que la leche saliera fácilmente por el huequito que se le hacía a la lata. Y más aun si me la comía a escondidas. Primero podía hacerlo todos los días, después racionalizaron las cuotas, más tarde comenzó a escacear, y luego llegó el momento en que la leche condensada "se fue del país". De Cuba, hablo de Cuba.
Pues desde que vivo en Alemania desayuno con leche condensada todos los días. En España hasta compré unas latas enormes (la chiquita de la foto es como la "normal" que vendían en Cuba, así que imagínense lo grande que es la otra) y ahora tengo para rato. Yo solo tomo un poquito en el desayuno, ligada con agua para hacer un tazón grande de leche, o también cuando hacemos flan (con los que hace mi esposo no hay dieta que se resista).
Ahora, a pesar de que llevo años viviendo en el extranjero, acostumbrándome poco a poco a otra forma de vida y costumbres (una nunca se llega a acostumbrar del todo), pues aun no he podido desarraigar el gusto por la leche condensada, menos todavía eliminarla de mis costumbres alimenticias, como tampoco dejar de pensar en lo que cuesta una lata de leche condensada en Cuba y el porciento del salario promedio de un cubano que eso significa, así como comparar con lo que pago yo por ella en un país más que desarrollado como Alemania y el porciento de mi salario que ello supone, incluyendo los impuestos a los productos lácteos.
En comparaciones como éstas no veo por ningún lado las bondades de la Revolución Cubana...