Un cubano en la India: Segunda parte
Por: Lelé Santos, columnista invitado
Por: Lelé Santos, columnista invitado
Estando en Chandigarh prepararon dos excursiones: una a Shimla y la otra a Agra, cada una un fin de semana. Shimla es una ciudad de un grupo montañoso que queda en la base de los Himalayas, a unos 200 km al norte de Chandigarh. El viaje es recontra pesado.
No he ido a La Farola, en Baracoa, que dicen es peligrosa la carretera, pero a la de Shimla no le gana nadie. De tantos precipicios que pasamos con la puntica de la goma rozando la esquina de la carretera, me acostumbré al susto. De milagro cabían dos carros, siempre había que arrimarse a la montaña para dejar pasar al que venía por fuera.

La noche que llegamos nos metieron un fricasé de pollo (o de totí) que la lengua echaba candela de lo picante que estaba. Como cubano al fin, si no hay maj na’, pues a comerlo. Ese día debieron haber hecho cerca de 0 grados, una combinación de la altura (3500 metros) y el mes de enero. Si me hubiera servido el tercer par de medias, me lo hubiera puesto.
Los monos y las ardillas eran como los perros, andaban por el medio de calle. Había pedacitos con nieve pero a las cimas heladas no fuimos porque era mucho más peligroso continuar el viaje de lo que ya había sido por carretera hasta allí.
Lo bárbaro eran las casas, construidas, no se sabe cómo, en las laderas de las montañas. Los cerros de Caracas son niños de teta al lado de Shimla. La casa que se hace desde el borde de la calle hacia el precipicio pone el parqueo del carro en su techo, que queda al nivel de la calle. Al otro día, cuando empecé a ver la calle más ancha, sentí el alivio de haber regresado sano y salvo.

La segunda excursión tuvo un día por medio en la capital. La parte donde estuve en Delhi es lo más parecido a la calle Neptuno en La Habana, pero doble sentido y con gente vendiendo cosas a ambos lados, así mismitico. Fui a una feria subterránea inmensa, el Palika Bazar:
- ¿Cuánto vale esa saya? -claro que era para mi esposa, de lienzo, lindísima.
- 250 -me dice el indio. A 45 por un dólar estaba el cambio.
- Ok, gracias -solo quería saber.
- ¿No la va a comprar?
- Ya tengo una -doy la vuelta y me alejo.
- Señor, es de calidad.
- Gracias, pero no.
- 200.
- No -sigo caminando.
- 150 -sigue detrás de mí.
- Que no, le dije que no me interesa.
- 100.
- ¿Cuánto dijiste? -por supuesto que la compré; hay que hacerse el duro pa’ regatear bien.
Y llegamos a Agra, a otros 200 km al sur de Delhi, célebre por tener una de las maravillas más lindas del mundo: el Taj Mahal.

Lean todo lo que quieran en Internet, la historia (lo que un rey mandó a construir en recuerdo a su fallecida esposa), la descripción del lugar, vean fotos y videos, oigan los cuentos de la gente, pero hay que estar allí para sentirlo de verdad. Todavía recuerdo el nudo en la garganta que se me hizo cuando pasé la entrada de lo que es el camino que lleva al famoso edificio de mármol blanco, y que se ve imponente un par de cuadras hacia adelante. Tuve que tragar en seco varias veces.

Aquello es un Capitolio de merengue, a lo Walt Disney en su versión de Aladino. Los pies me temblaban y tuve que decidirme a caminar para llegar. Es mágico, depende del tipo de luz que le dé para reflejar varios colores, aunque aquel día estuvo nublado.

Para entrar a la base de la edificación y sus alrededores tienes que quitarte los zapatos o ponerte unas cubiertas para taparlos. Es la forma que tienen de conservar el lugar ante los miles de visitantes diarios. En las fotos se ve solito pero ese día había más de 5 mil.
Según la historia, el pollo del arroz con pollo es la tumba que el edificio contiene en su habitación principal y única accesible por el visitante. Adentro es chiquito, semioscuro, le das la vuelta en círculo en dos minutos, como a la Ceiba de La Habana Vieja, y no puedes tirar fotos. En la concreta, el edificio en sí es lo impresionante, con sus incrustaciones en piedras preciosas, su cúpula y sus cuatro torres, más los dos mausoleos que lo rodean, los jardines con sus estanques y un río a lo lejos.
Contrasta mucho con el lugar donde está ubicado, un pueblecito de campo, rústico, con ese paraíso incrustado que tiene en las afueras y lo hace famoso. Además de las fotos, tengo una réplica del Taj Mahal que hoy adorna la sala de la casa.
Me dije una y otra vez "estoy aquí" y hoy me sigo diciendo "fue verdad".