jueves, 10 de julio de 2008

Un cubano en la India (III)

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Un cubano en la India: Tercera parte
Por: Lelé Santos, columnista invitado

¿Ustedes creyeron que no había más cuentos de la India? Hay pa’ rato.


Los perros más grandes que he visto en mi vida son los de Chandigarh, de ahí al lobo no va mucho. Muchos sueltos, igual que en el barrio en Cuba.

Suerte que éramos cuatro latinos, para revivir el idioma materno en aquellos dos meses afuera. El español nos dió la libertad de poder hablar en los comercios cuando nos queríamos poner de acuerdo en algo y decidirnos en comprarlo o no. ¡Qué rico era poder decir abiertamente "No compres esa basura, que está cara cantidad" sin que el tipo te entendiera! En las tiendas cubanas tienes que susurrar y hacerle señas al que va contigo cuando no te gusta algo.


Yo seguía a la libanesa del grupo. Era una bárbara para los negocios, y aprendí a regatear, algo que nunca hice en Cuba pues no tiene sentido (compres un lápiz o un contenedor de lápices, el precio unitario sigue igual, además de inmutable en el tiempo). Pues tenía unos dólares que necesitaba cambiar a Rupies, la moneda local. Y, después de hacerle caso a la libanesa, fuimos a un banco que casualmente tenía otro a menos de 20 metros. 'Cucha qué cómico:

En el Banco 1:
- ¿A cuánto es el cambio del dólar?
- 38.
- Gracias -y nos vamos.

En el Banco 2:
- ¿A cuánto es el cambio del dólar?
- 38.
- Yo tengo 100 dólares. En el banco de al lado me lo dan a 40.
- 41 -después de consultar dentro con el jefe.
- Ok. Después vuelvo.

En el Banco 1:
- En el banco de al lado me lo dan a 42. Yo tengo 100 dólares.
- 43 -igual después de consultar.
- Gracias -y nos vamos.

Para no hacer el cuento muy largo porque ustedes no se lo merecen: Después de varios innings cambié a 46. ¡Le zumba el mango regatear en un banco!



El hotel lo alquilaban para celebraciones de bodas. Nada que ver con las de aquí. La que presenciamos fue una bulla que duró tres días, con desfile, trajes típicos, luces, flores, ceremonias, jamazón, banda de música (con una gaita que a la semana seguía sonando); los novios llegaron en un Mercedes y se fueron montados en un caballo como el del Rey Arturo. El que puede, puede.


En Chandigarh, al igual que en toda la India, al mediodía hacen un alto, sí o sí, para meterle mano a un té caliente con leche. Las calles, llenas de semi-timbiriches al aire libre con fogoncitos para hacer la infusión y servirla bien caliente. Las pocas veces que probé el té, aclaro que nunca el de la calle, me gustó. Sólo una vez pequé de inocente pues lo acompañé con unas galletitas que lucían de lo más ricas pero tenían incrustado nada más y nada menos que ¡comino!, yo pensé que era chocolate. Y al arroz blanco le echaban también. Esas ligas nunca las entendí.


De los pocos gustos que me pude dar estuvo el dátil, que aquí no lo comía desde el gobierno de Prío, como dice el dicho; el kilo que compré me duró una semana. Y mucho helado, que al parecer te quita rápidamente el picante del paladar.

El regreso de la India duró 38 horas en el recorrido contrario. Yo me bañé todos los días y lavé lo necesario pero, cuando llegué, mi esposa me dijo que tenía una peste a mono del zoológico de 26 que no había quien la aguantara. Dice que al cabo de la semana todavía quedaba. Pero el amor lo vence todo. Ya me acordaré de más aventuras del segundo país en población del mundo, de la tierra de Ghandi y Tagore. Por ahora, basta con esta trilogía.


Cuando saquen la cuarta parte de "El Señor de los Anillos" yo sacaré la mía.
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