
¡Cuántas veces no me senté en bancos como el de la foto, comunes en muchos parques y avenidas de la Habana! Algunos han perdido las tablas pero siempre fueron muy robustos y los de este tipo han soportado el paso del tiempo... y de la gente, bastante bien.
Cuando era una niña vivía en el barrio del Vedado, arriba, por el Hospital Infantil, en la calle 27. La escuela primaria era, sin embargo, la de 17 y G, una escuela enorme que estando todavía yo en Cuba vi deteriorarse y deteriorarse hasta perder cada vez más el encanto que tuvo para mí cuando aprendí a leer y a escribir en sus aulas y a corretear por sus pasillos a la hora de las meriendas, hasta que cumplí los nueve años y mi familia se mudó para Santos Suárez.
Pues en el camino de la casa a la escuela había que hacer un alto para sentarme en uno de los bancos del paseo central de la calle G. El caso es que la leche del desayuno siempre me dió mareos y náuseas (he descubierto después de más de tres décadas que es una alergia a ciertos productos lácteos) y me ponía muy mal. Durante unos breves minutos de descanso me recuperaba bien y podía seguir después, despacito, hasta el patio donde se celebraba el matutino. Los bancos me salvaban de ir para el piso de cabeza... De grande, en alguno de ellos robé un beso...