
Integrarse a un nuevo país no es una empresa fácil, sobre todo si hay que integrarse también a otro idioma, a otro clima, a otra idiosincracia, a otra cultura, y a una montaña de hábitos, costumbres y hasta miradas. Diez años ya en Alemania y todavía la vida me da un palo de vez en cuando, de cuando en vez. Uno de los primeros, del cual aun me río al recordarlo, fue mi despiste en el sistema de transporte en general. Nadie me enseñó ni dió ninguna pista; todas las fui encontrando dándome eso mismo: palos a diestra y siniestra.
Ahora me parece casi imposible que entonces haya pasado tanto trabajo para descubrir qué sentido del tren era el que yo debía tomar. ¿Metro en la Habana? ¿Trenes urbanos por Santos Suárez? No, nada de eso, ni tampoco de información a la vista de todos, repetida una y otra vez en diferentes formatos, que total, yo ni sabía leer ni tampoco buscar.
Ya no, ya sé reconocer prefectamente en la pizarra digitalizada el sentido que lleva el tren, cuántos minutos faltan para que llegue, o que tiene menos vagones y parará sobre la mitad del andén. No tengo que montarme en el primero que pase y, en la estación siguiente, reconocer si es la que corresponde al sentido en que yo deseo viajar y no al opuesto, indicando que no tengo que bajarme del tren y cambiar para otro.
Cuando llegué sudé cubos de desesperación e ignorancia. Ya me he alemanizado un poco y no concibo que en una parada de ómnibus no esté señalizado cuándo pasan los mismos y por qué paradas. Qué mal la pasaré si voy a Cuba un día. Una se acostumbra enseguida a lo bueno, ¿ustedes no? Bueno, no tan "enseguida" pero sí, una se acostumbra...